De bodas
Alguien dijo que de una boda sale otra boda, en esta, no fue exactamente así pero algo salió. De todos modos fue un ejemplo práctico de mi teoría del Banquillero. En todo caso, estoy precipitando lo acontecimientos y casi que empiece por el principio.
Todo comenzó como por casualidad, estábamos invitados a la boda de Malena, una compañera de trabajo de Elena. Yo, como voy en el paquete, también estaba invitado, y la boda era en Galicia, Villalba para más señas. Total, que como a nadie le amarga un viajecito, pos para allá que vamos. El plan consistía en ir a Santiago, estar por ahí dando vueltas, luego irnos a Villalba a dormir, al día siguiente boda y luego visitar un poco Villalba y volver a Barcelona. A todo esto, el viaje lo haríamos con otra compañera de Elena, Moni (aka Moni Bobi).
El viaje fue interesante, sobretodo la parte del avión, que nos encasquetaron en los últimos asientos y parecía que nos habían sodomizado con una escoba del calibre 45. Estábamos tiesos como varas. Afortunadamente sólo lo parecía, así que la buena gente de Iberia tubo a bien colocar los lavabos al lado para poder estar informado de quien tenía problemas gastrointestinales y quien había comido fabada. Si este sufrimiento no fuera suficiente, no nos dieron nada para comer, lo cual entiendo, pero tampoco para beber, con lo que al final del viaje teníamos la lengua que parecía velcro. Con la foto de nosotros tres, tiesos como palos, secos como la mojama y con las fosas nasales descubriendo la variedad de aromas que pueden emitir los traseros de los seres humanos, llegamos al Compostela.
¿Y que hacen tres guiris en Compostela?, básicamente hacer el guiri. Paseamos de arriba a abajo, mirando escaparates donde mostraban las delicias del mar. Como podéis apreciar, incluso caímos en el más absurdo tópico de hacer fotoss a un escaparate mientras otros nos hacíamos fotos de que hacíamos fotos. Todo muy patético, pero eso no fue todo. Como estábamos cansados y un poco hambrientos ya que lo único que comimos fue una tortilla de patatas casera que nos trajimos de nuestra misma casa, de ahí lo de casera, nos fuimos a un bar a tomar algo. Llegamos al bar y nos pedimos empanadilla gallega y unos pimientos del padrón. El camarero, muy diligente, nos sirve y nos pone un poco de pan. Nos jamamos la comida, no sin antes pillar un par de pimientos que picaban que da gusto, los cuales correspondieron uno a mi mismo y el otro a Elena. Nos pusimos colorados, comimos empanada, comimos pan, y nos bebimos la cerveza. Supongo que a Moni Bobi le daría un ataque de empatía absurdo y ella quería uno que picara, así que se zampó el resto para ver si tenía suerte. Como no le tocó ninguno, le dió un arrebato y se guardó las dos rebanadas de pan, por si acaso. (Yo tampoco lo entiendo, así que le doy una explicación simpática a la cosa). Como ya estábamos de jamar, nos pedimos un café, y ahí sentaditos tan ricamente a la fresca, nos damos cuenta que estamos en una mesa que está justo delante de una pensión. Acabáramos, empieza a entrar y salir gente como si fuera el metro y entre tanto movimiento un café se cae y ya el caos es total. El café chorreando por la mesa, las mochilas mojadas, el vecino con cara de mala leche, nosotros desconcertados, un cacao. Así que decidimos pagar y pirarnos antes de que nos caiga algún tipo de maldición meiga o así. Con aire muy digno, y con un par de rodajas de pan, nos vamos por ahí a seguir visitando Compostela.
La verdad es que no llegamos muy lejos, porque en el primer parque Moni y yo nos quedamos vigilando el terreno mientras Elena se dedicó a demostrar que tiene talento para esto de las artes, pero con esto ya se nos dieron las tantas y decidimos irnos a cenar. Como buenos turistas, empezamos a mirar sitios y a descartarlos por las razones más pasajeras: Estaba sucio, no tenían aire acondicionado, y la más espectacular: no tienen lacón. Al final cenamos en una terracita interior que era la mar de maja y nos cascamos un lacón con grelos, un pulpo a feira, unos mejillones y unas almejas en salsa verde, todo ello regado con un albariño y para postres un orujo blanco. Medio pedos (half fart) o con un pedete lúcido (brighting farty), nos fuimos hacía la plaza del obradoiro.
Y ahí estábamos nosotros, en la plaza del obradoiro a las 11:30 de la noche. La razón era simple, habíamos quedado con Pepe el taxista que nos trajo del aeropuerto, para que nos llevara a Villalba. El bueno de Pepe, a parte de ser taxista, era un mago de la física del tiempo y el espacio. Consiguió avanzar 30 kilómetros en una hora y 70 en media hora. Flipante de narices, pero no menos flipante fué la clavada de 110€ que nos cascó por llevarnos. Si tenemos en cuenta que la tarifa es unos ,82€ por kilómetro y había unos 100, el cálculo no salía. Pero claro, quien le discute algo a Pepe el físico, le pagamos lo que nos dijo y nos fuimos a dormir porque mañana tocaba boda, y tocaba boda a las 12 de la mañana.
Suena el despertador a las 9:30, y nos acicalamos para hacer de invitados decentes. Bajamos abajo y ya de entrada, colleja por tontos. Nos encontramos con Noe y Xavi y nos dicen que la boda es más tarde, a la 13:00. En fin, que le vamos a hacer, nos vamos para la parroquia de la virgen de Guadalupe. Y ahí empezó la boda que se alargó hasta las tantas. La verdad, es que no me extenderé, nos tocó la mesa 5 y realmente fue divertido. Hicimos comentarios, risas y demás cosas (incluso se tocó la guitarra), pero fue divertido. El resto, lo que no se puede contar, evidentemente no se cuenta.
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