Camino de Santiago - día 08

Imagen de Tatxe

Portomarin - Palas del Rey

El despertador, como siempre, sonó a las 5:30 el muy cabrón. Cada día es más duro levantarse y se nota en las caras. Con ojeras, con dolores y demás circunstancias tiramos para el camino. A la Moni le duelen cada vez más los juanetes y Farruco y yo vamos tirando y buscando algún buen sitio para dormir.

El camino parece que nunca acaba, cada vez que preguntamos cuanto falta para Palas del Rey siempre nos dicen la misma distancia o que está más lejos que la vez anterior que preguntamos. Al final, con la rodilla pidiendo clemencia, llegamos al pueblo.

Como estábamos destrozados y usamos la estampita más usada en todo el camino, San Visa del Santo Crédito y nos fuimos de cabeza a una pensión. En Casa Curro, que esta a la entrada del pueblo y que era bastante asequible, 15€ por barba.

Mientras Farruco se daba un baño, si tenía bañera y todo, yo me fui a esperar a la Moni, que venía andando prácticamente con los tobillos de lo mal que tenía los pies.

Le dimos vueltas a las opciones que teníamos, y optamos por vendarle el pie para protegerle el talón, y sobre los juanes... pues comprar unas espardeñas que sean abiertas para que no se le cree demasiada presión. Lo malo es que hoy es domingo y no se podía comprar nada, lo más que conseguí fueron unas vendas y unas tiritas especiales para juanetes. Afortunadamente, y viene siendo habitual, comimos de muerte. Un plato de lentejas, ternera estofada con patatas.

A pesar de ser domingo, había una tienda donde pudimos comprar el desayuno para el día siguiente, y de paso un kilo de sal. El kilo de sal acabó en la bañera con seis pies dentro, no veas que gusto que daba la cosa.

Empezamos a planear la etapa del día siguiente, ya quedan menos kilómetros y hay que ver como lo segmentamos. Lo más práctico es parar en Ribadiso da Baixo, que tiene un albergue al lado de un río fluvial y siempre podríamos bañarnos allí y relajar las plantas de los quesos. Asumíamos que podríamos llegar tarde y quedarnos sin sitio, con lo que nos tocaba otros 2,2 kms adicionales hasta Arzúa.

Con esta planificación, intentaríamos desayunar en Melide y comer un poco del pulpo que la ha hecho famosa. Sabíamos que eran 15km, quizás demasiado, pero había que intentar ver si llegábamos, y si habría algo abierto, que esa era otra.

Por si las moscas, para cenar nos fuimos a un sitio que tenían un pulpo a feira que estaba riquísimo, además de un paté de mejillones que era para llorar de felicidad. A parte de esto, picamos un par de platos más y unos tés como sustitutivo de del café y a la cama.

Como la pensión tenía televisión, nos quedamos 15 segundos viendo lo que daban y acto seguido nos quedamos totalmente sobados.

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