Calzonzillonada

Imagen de Tatxe

Si, es una muy mala traducción de calçot, pero es lo que fuimos a hacer este fin de semana pasado. Nos juntaríamos toda la familia y comeríamos estas cebollas. Claro, que a parte de estas cebollas nos meteríamos entre pecho y espalda alcachofas, butifarra, chorizo, morzilla, costillas de cordero, panceta y todo esto regado con all-i-oli y romescu. Si es verdad, tampoco la salsa es romescu, pero es lo más parecido.

Y así fué, el sábado nos pusimos tibios comiendo estas cebollas como si fueran espárragos. Nos pusimos realmente tibios. Luego, nos fuimos todos a descansar de las formas más diversas, unos a hacer la siesta y otros a hacer la sobremesa hablando de todo un poco.

Al cabo de unas tres horas, contábamos que la comida hubiera bajado y no sentirnos tan pesados, pero no fue así. Decidimos irnos a dar una vuelta para ver si la cosa gástrica se ponía en movimiento, así que cogimos el coche y nos fuimos a una ciudad de estas costeras a comprar pan y pasear un rato. Yo busqué un libro que no se como se llama (ni el libro ni el autor), así que evidentemente no lo encontré, pero a cambio, nos hicimos con tres barras de pan.

Al volver a casa, después de estar casi el 90% del tiempo en el coche, evidentemente la comida no había bajado, así que optamos por la alternativa risa tonta. Como esa noche tocaba eclipse de luna, nos tiramos un rato largo haciéndole fotos a la luna, y ya de paso, a hacer trucajes fotográficos usando un sitio totalmente oscuro con una luz de fondo fuerte y moviendo la cámara. La idea era sacar imágenes fantasmagóricas. Total, un desquicie por el cual nos reímos un rato largo. Y de esta guisa nos fuimos a dormir.

Al día siguiente, seguíamos con el estómago lleno así que decidimos, esta vez sí, dar una caminata. Nos colocamos las bambas, las gorras, las gafas de sol y nos pusimos a seguir un sendero que cierto personaje nos recomendaba. La idea era estar unas tres horas andando y llegar a casa. Nada más empezar nos encontramos una subida de unos 30ª que tendría unos 500 metros de largo. Los desayunos empezaban a quejarse en nuestro estómago y la sensación de corte de digestión flotaba en el ambiente. Para suerte nuestra, la cosa no pasó a mayores y el siguiente tramo era subida pero asumible y con camino como dios manda.

Pero claro, llega un momento que nos toca bajar, y la bajada es estilo cabra. Una bajada del 40º con el suelo lleno de piedras pequeñas para resbalar mejor, y como guinda unas plantas espinosas por si te caes al suelo. Para bajar este tramo nos tiramos más del 50% del tiempo y a cambio yo me dejé el pantalón totalmente roto, las bambas rotas, todos los brazos y piernas rozados. Por solidaridad, el resto de la gente que venía conmigo también se sumo al tema rozaduras y alguno que otro al tema de los moratones.

Y como ya decía aquél, guarda lo mejor para el final, una pared vertical de 5 metros que se tenía que bajar agarrándose con uñas, dientes y los restos de las bambas para bajar. Definitivamente, a esas alturas, ya habíamos procesado todas las calorías del día anterior. Por suerte, ya estábamos a 10 minutos de casa y el camino era para personas, no para cabras.

Y hoy, a 24 horas del trote, es cuando los dolores musculares hacen su aparición recordándote que uno ya no está para estas cosas.