Las vacaciones que recuerdo con más cariño y que las repetiría ahora mismo sin dudarlo un instante es cuando hice el Camino de Santiago. No por el tema religioso, sino porqué me tiré diez días desconectado de todo, sin móvil, sin internet, sin pc, ni televisión ni periódicos… solamente mi mochila, una muda, un kilo de ibuprofeno y un mapa.
El primer día es una sensación un poco rara, de estar conectado todo el santo día leyendo periódicos, revistas, reportajes, documentales, ensayos a estar totalmente desconectado. Estás nervioso, preocupado por si te vas a perder algo importante, por si alguien puede necesitarte y tu no estás disponible. Quizás podríamos llamarlo abstinencia informativa, y buscas como un desesperado un cibercafé para conectarte y ver que ha pasado en el mundo, como si el que tu lo supieras o no, cambiara el curso de los acontecimientos.
Poco a poco, vas superando esa fase y vas aceptando que tampoco es tan importante ser el primero en conocer una noticia, y si le sumas el cansancio de caminar una media de treinta kilómetros, tu mente y tu cuerpo concluye con una gran verdad: Es mejor estar sentadito en una terraza charlando con otros peregrinos que con la cabeza metida en un ordenador, periódico o televisión. Redescubrir el placer de la conversación, las pausas, los tonos, los gestos. El saber que tienes todo el tiempo del mundo para dar forma a tus ideas y que no hay que apresurarse porque en cinco minutos habrá otra información más importante. Si, el estar al mando del tiempo y el espacio fue una especie de liberación.
Otro detalle importante de hacer el camino, es la enorme cantidad de tiempo que tienes para pensar. Puedes reflexionar sobre tu vida, lo que has hecho, lo que vas a hacer o si lo prefieres, puedes dedicarte a jurar en arameo porque tu rodilla te duele o te está saliendo una llaga. El caso es que no hay interferencias en tu pensamiento, puedes meditar durante todo el tiempo que quieras, y en ese proceso, ya sea consciente o inconscientemente, ves lo fútil de muchas preocupaciones que nos atormentan.
Lo malo es que al volver otra vez a la realidad cotidiana, sufrí de nuevo el síndrome de la rana. Para los que no lo sepáis básicamente es una tontería como esta:
Si a una rana la tiras en una olla hirviendo, saltará despavorida, pero si la metes en agua fría y vas subiendo lentamente la temperatura, la rana no se moverá y acabará escaldada.
Así que poco a poco, volví a la vorágine de la actualidad, de lo que es relevante, de lo que es noticia. Buscando y filtrando por etiquetas determinadas, siguiendo a personas, animándolas a participar, en fin, business as usual. En este proceso, el tiempo que vas robando a los pequeños placeres de tu vida crece. Los amigos de verdad se sustituyen por secuencias de ceros y unos, las conversaciones se convierten en el resultado de monitorización, de búsquedas y de alertas… y poco a poco, vuelves a estar lleno de datos, a cada cual más estúpido.
¿Por qué pasa esto?, me gustaría saberlo, pero al estar en el sector nos toca estar atentos. Nunca sabes si una noticia puede generar una tormenta de imagen. Si, esa señora que nos puso a caer de un burro porque quería darse de baja pero no sabía con que email se había dado de alta, o aquel otro que nos compró un libro titulado “Leveragin the network” pero ahora nos menta a la madre porque está en inglés y el no habla el idioma de la pérfida albión y quiere que le devolvamos el dinero y le indemnicemos por daños y prejuicios. Si, son tonterías pero no te puedes fiar en estos días que corren.
Creo que tenemos graves problemas de sobreinformación y lo que es más preocupante, sobre que es ruido, que es información y que es conocimiento. Y lo más importante, que es disfrutar. Muchos están intentando solucionar el problema, pero me da a mí que le hemos dado un mechero al pirómano porque parece que lo que estos algoritmos que se están empezando a implementar priman el ruido sobre lo relevante, sino no se entiende el marketing viral, diseñado básicamente para hacer ruido y lograr notoriedad, no para generar conocimiento y por ello prestigio.
En todo caso, yo me apeo por hoy y ya me contarán lo que ha pasado, porque seguro que lo que yo opine no va a cambiar los hechos, y llamarme egoísta, creo que voy a disfrutar de una buena conversación con mis amigos a la hora de comer, y luego a maravillarme de lo fantásticos que son mis hijos. Os podría dar un master de comunicación y de marketing sólo con lo que voy aprendiendo de ellos. Así que mi consejo de hoy es, parar y disfrutar de esas cosas pequeñas, porque con esas telas se confecciona el traje de la felicidad.



