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Ya se está acabando el verano pero el condenado calor sigue rondándonos, agazapado para darnos un zarpazo de un par de grados a la primera que nos descuidemos. En mi caso, esto suele ocurrir por la noche, cuando más ganas de planchar la oreja tengo. El condenado calor sale de su escondite y me agrede con toda su fuerza, haciendo que me sea imposible conciliar el sueño. La conclusión es que me paso largas horas despierto a horas intempestivas.