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O Sisters, Where Art Thou?

O Sisters, Where Art Thou?
El 14

Principios, Justicia, Patriarcal, Violación

Domingo, 19 Noviembre 2017

No encabezo estas líneas de esta manera porque esté acompañada y reconfortada por la maravillosa banda sonora- casi homónima a mi título- de la película de los Cohen, que también, que es un bálsamo que me regalo cuando estoy de bajón, sino porque es lo que me vino a la cabeza cuando, bajando por Pau Claris hacia las seis y media de la tarde del 17 de noviembre, no vi lo que esperaba ver ni encontré a quiénes se suponía que tenía que encontrar.

Hasta tal punto que, faltando un minuto para la hora en la que se daba inicio a la concentración en protesta por la justicia patriarcal delante de la Conselleria de Justícia a Catalunya, tuve que mirar hacia atrás para constatar que, efectivamente, estaba avanzando por la calle correcta. Tenía prisa, hacía un poco de frío, caminaba rápido y, desde que vivo en un barrio periférico, no frecuento el centro de Barcelona (era posible que me hubiera despistado); así que levanté mi mirada del suelo, volví la cabeza y, ciertamente, mi querida Librería Laie estaba donde tenía que estar y, sin salir de mi asombro, comprobé nuevamente que yo también estaba donde tenía que estar. Pero, ¿dónde estaban los y las demás?

Concentración contra la Justicia Patriarcal delante de Conselleria
de Justicia a Catalunya
en el cruce de las calles Pau Claris y Caspe
de Barcelona a las 18:29 del viernes 17 de noviembre

Mi estupefacción viró rápidamente hacia la decepción, y ésta hacia la rabia que, junto con la calefacción del bus, encendió mis mejillas durante todo el camino de vuelta a casa. Supongo que, como siempre, el hecho de que lo escriba es una suerte de exorcismo casero para todos estos sentimientos que me acosan y que parecen granos de maíz explotando atrapados en una cazuela tapada con aceite hirviendo.

Sea como sea, la realidad es que llevo dos días pensando porqué esta llamada a la protesta cívica y pacífica ha sido un fracaso en mi adorada ciudad natal. Yo no voy a mentir. No tengo ni idea de cómo calcular índices de densidad de manifestantes por metro cuadrado. Se supone que se debe medir la distancia de la cabecera de la manifestación hasta la cola del recorrido y restar los metros ocupados por vehículos, árboles, piezas de mobiliario urbano, etc. Cuando hablamos de tramos muy densos, se estima un máximo de 4 personas por metro cuadrado. En las zonas más despobladas, allí donde “claree” la manifestación, se cuentan de 1 a 2 personas por metro cuadrado. Luego hay que tener en cuenta el ancho de las filas, el número de filas, si la manifestación avanza o está parada, y tener un mínimo de tres puntos de observación o medición para hacer los cálculos al menos dos o tres veces.

No lo he hecho. Podría aducir que no lo he calculado porque soy más de letras que de ciencias, o porque me da pereza. O porque ¿para qué?... Si luego se va a politizar la cifra y nadie se va a poner de acuerdo con mis cálculos “objetivos y científicos”. No hizo falta. Pude constatar yo misma que, a ojo de buen cubero y siendo más que generosa, en el momento álgido de la manifestación, se ocupó “densamente” el chaflán. Y eso ¿cuánto es? ¿300 personas? ¿400? ¿3.000? No lo sé. Lo que sí sé es que es una pena.

Pero claro, allí no había un escenario. Ni actuaciones. Ni palos. Ni piolines. Ni pitufos. Ni Gargameles siniestros ni conspiraciones en la sombra. Ni una fiesta de la democracia y de la libertad. Ni banderas. Ni eslóganes sólo en catalán o sólo en castellano. Ni autobuses provenientes de Reus, Cáceres, Arganda del Duero o Sebastopol; ni bocadillos, ni pan y café para todos. No habían vuelos chárter. Ni un viaje a Bruselas, qué hermosa eres. Ni varas de mando, ni el tío de la vara. No estaban políticos celebrity en la cabecera, ni se les esperaba. Ni presupuesto para pancartas, panfletos, aplicaciones de última generación que te avisaran de todos y cada uno de los pasos y acciones con las que tenías que comulgar ese 17N. Ni vídeos de excelente factura. Ni Europa. Ni reconocimientos internacionales. No había “líderes” de opinión y acción en las redes sociales justificando su sueldo y vomitando soflamas por los dedos, ni teles (sólo vi una alcachofa y un cámara de La Sexta), ni radios, ni una cobertura mediática unánimemente radicalizada que repitiera consignas desde primera hora de la mañana hasta que los ciudadanos silenciaran sus móviles al caer en los brazos del reparador Morfeo. Por no haber no había ni un megáfono en condiciones. Las mujeres que hicieron como pudieron sus parlamentos en esa esquina anecdótica y poco poblada compraron uno de juguete de los chinos, que tiene botones con sonidos que perforan los tímpanos pero que no amplifican la voz. Nadie amplificó nuestras voces porque lo que no hubo fue épica.

Al fin y al cabo sólo hablamos de una chiquilla de 18 años que, en los Sanfermines de 2016, fue primero supuestamente (qué rabia tener que usar este adverbio hasta que no haya sentencia) violentada y luego supuestamente violada por cinco animales de una abominable manada, y que es ahora gravemente cuestionada en un proceso de justicia patriarcal. ¿Cómo permitimos que se culpabilice a la víctima de esta manera? ¿Por qué se admite como prueba el informe de un detective sobre la vida de la víctima después de los hechos y se pretende con ello cuestionar su moralidad? ¿Por qué entonces no se admite como prueba todos los actos y manifestaciones confirmadas de estos energúmenos en los que denigran y humillan a las mujeres? ¿No se pueden considerar como avisos, antecedentes o claros indicios de sus posteriores ataques y conducta criminal? ¿Y debe la mujer sumirse en el duelo y en el sufrimiento porque cualquier actitud vitalista y positiva después de una violación, en vez de ser aplaudida por su posibilidad de recuperación física y psicológica, será utilizada en su contra como demostración de su moralidad cuestionable? ¿No debemos acudir nosotros y nosotras masivamente y en manada a las calles y gritar que, si tocan a una, nos tocan a todas, que, si violan a una, nos violan a todas, que nosotras que la creemos? ¿Oh, hermanas, dónde estáis?

Con esto no pretendo señalar a nadie. Detesto la militancia que denuncia al ausente. En los últimos meses en Cataluña hay una “ruta de manis” y eventos en los que tienes que confirmar asistencia vía selfie. No sólo para atribuirte una serie de valores objetivamente buenos presentes y futuros, sino que también para tildar al “escaqueado” con las peores cualidades de la condición humana. Lo que pretendo es exponer un mero desiderátum.

Hombres y mujeres que tenéis hijos, sobrinos, nietos, amigos con hijos. Hombres y mujeres docentes. Hermanos y hermanas. Me dirijo a cualquier persona que tenga en algún momento la capacidad de influir en la educación de las próximas generaciones. No hace falta que te presentes cuando se anuncia una concentración. Sólo hace falta que aproveches el último cartucho que nos queda para empezar a cambiar las cosas: usa tu poder y convicción para educar a los más pequeños en el respeto máximo de sus derechos y para que entiendan que, no importa el tipo de personas que sean o el tipo de vida que lleven, su cuerpo es sagrado y un NO es un NO.

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