Durante casi veinte años tuve la suerte de compartir trabajo y proyecto con un filósofo, y uno de los debates que teníamos recurrentemente era la diferencia entre saber y entender. En aquella época había expertos que afirmaban que no hacía falta saber nada, porque con Google ya lo teníamos todo a mano, y esta situación se ha acentuado con la irrupción de la inteligencia artificial. Los datos los tenemos al alcance de la mano. ¿Pero qué pasa con el concepto de entender?

Como esta semana no voy a publicar nada porque soy uno de los coordinadores del mejor club de baloncesto de Barcelona y tengo la suerte de poder ir a la concentración que hace el club con los jugadores y jugadoras en etapa de formación.

Voy a estar rodeado de la generación que viene, creo que recuperar este debate personal entre saber y entender puede ser de utilidad para todos en este momento, donde todo el saber no solo está disponible, sino que contamos con herramientas para hacer resúmenes, comparativas y conclusiones.

Lo primero es tener claro qué contiene cada concepto. Saber es tener almacenado un dato puro, como puede ser el precio de una barra de pan. Saber nos da un contexto de seguridad secuencial: si hago A, ocurre B. Si pulso un interruptor se enciende la luz; si estoy enfermo, puedo ir al médico, etc. Nos da unos parámetros donde podemos desarrollar nuestra vida sin tener que estar en modo alerta constante. La consecuencia negativa es que nos da una falsa seguridad de conocimiento; es lo que se conoce como el efecto Dunning-Kruger. Esta realidad la vemos cada día, pero a mí me resuena más en el mundo del deporte: “si yo fuera el entrenador, no perderíamos un partido”. O el clásico político de bar que, detrás de un café, es capaz de arreglar todos los problemas sin tener el menor atisbo de duda.

El camino hacia entender implica invertir en algo más profundo que memorizar un dato. Ser capaz de tener en cuenta no solo el dato en sí mismo, sino cómo se origina, cuál era su intención inicial, quién lo ha pedido, quién lo usa, qué variables le afectan y cómo correlaciona e interactúa con todos los componentes que recorren su estado vital. Como me decía un profesor de estadística: el dato está bien, pero conocer a sus padres, todavía mejor; y si encima te presenta a sus hijos, ya puedes decir que entiendes qué te quiere decir.

Comprender implica una necesidad, una curiosidad de no quedarse en la superficie e intentar relacionar  con más datos, ya sea en profundidad o ya sea de forma lateral con otras áreas o disciplinas. Por esta razón, a mí la teoría de que todo está en internet no me acaba de convencer, porque si te faltan datos no puedes relacionarlos, conectarlos, hacer ese ejercicio tan humano de hacerse preguntas, buscar respuestas, equivocarse y volver a repetir el proceso hasta que, al final, consigues llegar a una especie de consenso entre tu necesidad de comprender y las limitaciones del conocimiento. Y os reconozco que cuesta llegar a ese consenso y, cuando llegas, siempre aparecen personas que te retan a dar un paso más para seguir creciendo en tu comprensión del mundo.

Pero ahora que estoy  con los ojos cerrados y aprovechando que estamos tú y yo solos, os voy a reconocer que tampoco era esto de lo que quería hablar, pero que era necesario presentarlo antes de dar ese pequeño salto más que todo reto tiene. Os he hablado de saber y entender, dos conceptos que tienen  estructura basada en datos, argumentos lógicos y estructuras racionales. Pero la verdad, lo que realmente importa, no siempre acepta someterse a esa herencia indoarábica que son los números.

Me gustaría decir que estaba reflexionando y me vino una revelación, o que tras una reunión de negocios un ejecutivo se me acercó y me dijo…, pero eso sería esconderme. Es algo que me ha pasado a mí y, ahora que lo reflexiono en voz alta, me ha pasado multitud de veces y no siempre había aprendido la lección, con lo que me da a mí que los hados del destino me suspendían para que repitiera la prueba. Y creo que ahora sí estoy preparado para que al menos me dejen pasar de curso.

Todos tenemos nuestros mecanismos de defensa y de protección del yo. Es un concepto hartamente estudiado en psicología, con más de una teoría. Uno de los recursos más obvios es usar el humor, pero el que más me atañe, y por el cual me ha tocado revivir experiencias, es la tendencia a racionalizar. Parafraseando a un dictador, convertimos un malestar o una carencia en una estadística para despersonalizar y no tener que usar sentimientos para comprenderla en profundidad. Podemos ser conscientes de muchas consecuencias de las acciones y, sobre todo —y lo que más nos castiga con el paso del tiempo—, de las no acciones que hemos tomado racionalizando la situación. “No podía”, “no tenía tiempo”, “qué dirán los demás”, “me da vergüenza”… y, tras una máscara que podemos construir con una perfección que hasta Miguel Ángel envidiaría, nos escondemos para no dejar que la realidad nos toque. Usamos esa máquina maravillosa que nos ha llevado a la luna para proteger lo que nos hace humanos, sin saber que, si nos negamos esa parte de sufrimiento y de felicidad, nos negamos la parte que nos hace personas.

Porque ¿qué es una persona que no siente? No voy a negar que los sentimientos son unos animales muy curiosos que a veces nos hacen sentir bien, otras mal, pero todos nos llevan de forma inevitable a enfrentarnos con lo que somos y cómo nos relacionamos con el entorno. Cuanto más bajemos el dato y lo coloquemos con sus compañeros, más fácil nos será progresar. Y por progresar no me refiero a tener más dinero, sino a vivir vidas más plenas.

¿Cuántos profesionales excelentes han pasado por crisis duras por no estar alineados sus componentes vitales? Mientras la razón podía dominar el corazón, todo funcionaba, pero hay sentimientos que siempre encontrarán una vía y, una vez la encuentran, incluso las más altas torres se derrumban como castillos de arena en la playa.

Por esto, una de mis metas ahora es dar el espacio que se merece a la parte más emocional, no negarle su existencia y reconocerle que es una brújula moral excelente, que me hace enfrentarme con mis miedos y también me llena de alegrías. Pero, sin duda, si no soy capaz de combinar ambas, voy a estar incompleto y, sinceramente, cuando consigo combinar mis dos partes, es cuando más soy yo.

Y esta es mi reflexión de Semana Santa. Espero que podáis hacerlo, que os atreváis a abrir esa puerta al misterio del sentir y que os arrolle la potencia que teníais escondida, esa conciencia que os hablaba por la noche prometiéndoos un futuro que vuestra razón no os podía dar.

Y si hay algo que merece la pena en este camino no es tener razón, ni acumular respuestas, sino tener el coraje de mirarte de frente sin filtros. Porque ahí es donde empieza todo. Ahí es donde dejas de repetir lo que sabes y empiezas a vivir desde lo que sientes. No es cómodo, no es rápido y muchas veces no es bonito, pero es real. Y al final, la vida no se transforma desde lo que controlas, sino desde lo que te atreves a sentir y atravesar. Así que no te conformes con saber: da el paso, incomódate, cuestiona y, sobre todo, atrévete a entenderte y sino puedes, pide ayuda a un profesional. Ahí está el cambio de verdad.