Oscar de Paula: formar jugadores autónomos dentro y fuera de la pista

La categoría Preferente suele interpretarse como un espacio para competir al máximo nivel posible dentro de la formación. Sin embargo, la verdadera pregunta es otra: ¿para qué sirve realmente esta etapa en el desarrollo de un jugador?

Para nuestro invitado, la respuesta es clara. La categoría Preferente debe estar al servicio de la formación global de la persona. No únicamente del jugador que compite cada fin de semana, sino también del adulto que tendrá que tomar decisiones, asumir responsabilidades y desenvolverse de manera autónoma dentro y fuera de la pista.

Porque el objetivo final no es ganar partidos en categorías de formación.

El objetivo es preparar a los jóvenes para cuando lleguen a senior y sean capaces de gestionar situaciones complejas por sí mismos. Entender el juego, asumir responsabilidades, relacionarse con compañeros y entrenadores, afrontar la frustración y tomar decisiones sin depender constantemente de que alguien les diga qué hacer.

Y esa autonomía no aparece de repente.

Debe trabajarse desde las primeras etapas. Desde categorías de iniciación es necesario construir un proceso que permita al jugador crecer progresivamente. Para ello resulta fundamental definir qué aprendizajes mínimos deberían consolidarse en cada categoría, de forma que entrenadores, clubes y familias puedan entender si el desarrollo evoluciona en la dirección adecuada.

Pero para que exista autonomía también deben existir espacios donde practicarla.

Uno de los aspectos más interesantes de la conversación fue la reflexión sobre cómo ha cambiado la infancia y la adolescencia en las últimas décadas. Muchos de los espacios de aprendizaje informal han desaparecido. Lo que antes ocurría espontáneamente en la calle, en el parque o en las horas de juego libre, hoy suele estar planificado, supervisado y organizado.

Todo tiene horario. Todo tiene objetivos. Todo está medido.

La consecuencia es que los jóvenes disponen de menos oportunidades para equivocarse, improvisar, resolver conflictos por sí mismos o simplemente descubrir quiénes son cuando nadie les marca el camino.

Incluso algo tan aparentemente negativo como aburrirse tiene un enorme valor educativo.

El aburrimiento obliga a buscar soluciones, desarrollar creatividad y aprender a gestionar la incomodidad. Sin esos espacios, muchas capacidades personales quedan menos entrenadas de lo que creemos.

La conversación también dejó una reflexión especialmente provocadora: la formación es la metadona de la transformación.

Podemos ofrecer cursos, charlas, entrenamientos y recursos, pero el cambio real solo ocurre cuando la persona percibe que necesita aprender algo para alcanzar sus objetivos. El jugador acaba incorporando aquello que considera relevante para su desarrollo, no necesariamente aquello que alguien intenta enseñarle.

Por eso la labor de un formador no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Consiste en crear contextos donde los jugadores descubran por sí mismos la necesidad de aprender, crecer y evolucionar.

Porque cuando eso ocurre, la formación deja de ser una obligación y se convierte en una herramienta de transformación auténtica.

Hoy, con todos nosotros Oscar de Paula.