Hoy salimos de la Ciudad Condal para viajar hasta Tortosa y conocer a un entrenador que entiende el baloncesto de formación desde una idea tan sencilla como exigente: cuando entrenas a niños, especialmente en las primeras etapas, una de tus principales responsabilidades es conseguir que quieran volver al día siguiente.
Con Haider Ali Basharat, entrenador del CB Cantaires Tortosa, hablamos precisamente de eso. De entrenadores, de niños, de aprendizaje y de la importancia de construir experiencias deportivas que tengan sentido para quienes las viven. Porque, aunque a veces parezca que lo olvidamos, antes de formar jugadores estamos acompañando a personas.
Una de las cuestiones centrales de nuestra conversación es la importancia de un buen entrenador. No únicamente de alguien que conozca el juego, domine la técnica o sea capaz de diseñar un buen ejercicio. Un buen entrenador, especialmente en categorías de formación, es también alguien capaz de entender el momento evolutivo de las personas que tiene delante.
No se entrena igual a un jugador profesional que a un adolescente. Y, desde luego, no se puede entrenar a un grupo de preminis o de escuela como si el objetivo fuera prepararles para jugar una final dentro de diez años. Cada edad tiene sus necesidades, sus motivaciones y su forma de relacionarse con el deporte.
En las primeras etapas, conseguir que los niños se diviertan no debería ser un objetivo secundario. Debería formar parte del núcleo del proyecto. Un niño que termina un entrenamiento con ganas de volver tiene muchas más posibilidades de seguir aprendiendo, de esforzarse y de construir una relación saludable con el deporte que uno que asocia cada sesión con presión, aburrimiento o miedo a equivocarse.
Sin embargo, hablar de diversión en el deporte todavía genera ciertos malentendidos. Parece que, para algunas personas, divertirse es incompatible con trabajar duro. Como si un entrenamiento exigente tuviera que ser necesariamente aburrido y un entrenamiento divertido tuviera que carecer de objetivos.
Nada más lejos de la realidad.
Divertirse no está reñido con el rendimiento. De hecho, en muchas ocasiones es una de las condiciones necesarias para que el rendimiento aparezca a largo plazo. Un niño que disfruta tiene más disposición para repetir, para probar, para equivocarse y para volver a intentarlo. Y esa repetición, esa curiosidad y esa capacidad para mantenerse vinculado a la actividad son fundamentales para cualquier proceso de aprendizaje.
El problema aparece cuando confundimos rendimiento con resultado inmediato. Queremos que los niños ganen antes de que aprendan, que ejecuten antes de experimentar y que sean eficientes antes de haber tenido tiempo para descubrir el juego. Y en ese proceso podemos perder algo mucho más importante: sus ganas de seguir jugando.
Haider nos invita a reflexionar sobre el papel del entrenador como creador de experiencias. Cada entrenamiento deja algo. Puede dejar aprendizaje, confianza y entusiasmo, o puede dejar frustración y miedo. El entrenador no controla todo lo que ocurre en la vida de un niño, pero sí tiene una enorme capacidad para influir en cómo ese niño vive las horas que pasa dentro de una pista.
Por eso una pregunta aparentemente sencilla puede convertirse en una buena herramienta de evaluación para cualquier entrenador de formación: ¿quieren volver mañana?
No es la única pregunta. Por supuesto que hay que preguntarse qué han aprendido, cómo han mejorado y si el entrenamiento está ayudando a desarrollar las capacidades de cada jugador. Pero si la respuesta a esa primera pregunta es sistemáticamente negativa, probablemente deberíamos revisar muchas cosas.
La conversación también nos lleva a una reflexión más amplia sobre el rendimiento. Porque rendimiento no significa únicamente ganar partidos. Rendimiento es aprender, progresar y ser capaz de desarrollar las propias capacidades en un entorno adecuado. Y para que eso ocurra, especialmente en niños, necesitamos entrenadores que entiendan que la exigencia y el disfrute pueden convivir perfectamente.
Se puede entrenar con intensidad y reír. Se puede competir y respetar. Se puede exigir y cuidar. Se puede querer ganar sin convertir cada derrota en un drama.
Quizá esa sea una de las claves del baloncesto de formación: conseguir que los niños descubran que esforzarse merece la pena porque disfrutan del camino.
Hoy, con todos nosotros, Haider Ali Basharat @haideeerrr