Hay una pregunta que casi nunca nos hacemos hasta que ya es tarde: ¿desde cuándo dejé de disfrutar lo que antes me ilusionaba? En este episodio hablé con Mariana Salazar, coach especializada en prevención del burnout, y esa pregunta apareció una y otra vez, disfrazada de historias muy concretas. Mariana es mexicana, lleva casi treinta años viviendo en Barcelona y durante mucho tiempo trabajó en marketing en entornos de alta exigencia, liderando equipos de alto rendimiento en multinacionales. Hasta que un día el cuerpo dijo basta. Atravesó un burnout profundo que le costó años de recuperación, y en lugar de guardarse esa experiencia como una cicatriz privada, decidió convertirla en oficio.

Lo primero que me sorprendió de la conversación es que Mariana no habla de gestión del estrés. Habla de coherencia. Y la distinción no es cosmética. Mientras la gestión del estrés trata de aliviar síntomas, la coherencia va a la raíz: vivir alineado con lo que uno valora de verdad. Para explicarlo, Mariana hace una separación que me pareció muy útil y que pienso robarle para mis propias sesiones de trabajo con equipos: existen los valores raíz, esos que apenas cambian a lo largo de la vida (la justicia, la integridad, la familia, ciertas convicciones incluso espirituales), y existen los valores del día a día, que sí se mueven según la etapa vital que atravesamos: el peso que le damos al dinero, al tiempo libre, al trabajo, a la salud. El malestar aparece, dice ella, cuando llevamos años viviendo según valores de hace diez o quince años sin darnos cuenta de que ya no son los nuestros. Se puede tener todo lo que uno soñó a los treinta y sentirse profundamente insatisfecho a los cuarenta y cinco, simplemente porque nadie actualizó el mapa.

Pero no penséis que la propuesta de Mariana es la típica invitación a dejarlo todo y mudarse a una playa a beber cocos. Ella misma lo desmonta con humor en la entrevista: no se trata de escapar del mundo real, sino de esforzarse, y mucho, en construir una vida más coherente dentro de las circunstancias que tenemos. A veces ese esfuerzo se traduce en algo tan pequeño como proteger quince minutos al día de silencio absoluto, sin pantallas, sin impacto externo, solo para escuchar qué está pasando en el cuerpo y en la mente. Suena sencillo. No lo es. Requiere disciplina, compromiso y la misma perseverancia que exigimos en cualquier proyecto de alto rendimiento, solo que aplicada hacia dentro.

La parte de la conversación que más me interesó, y que conecta directamente con lo que trabajamos en Tatxe sobre liderazgo y presión, fue cuando Mariana describió las señales de alarma del burnout antes de que se convierta en crisis. La primera y más engañosa: cansancio que no mejora ni con vacaciones ni con más horas de sueño. La segunda: incapacidad de desconectar del trabajo, esa costumbre de contestar mensajes a las tres de la madrugada o seguir «enchufado» todo el fin de semana. Y luego llegan las señales más silenciosas, las que ella vivió en primera persona: cambios de humor, irritabilidad, aislamiento progresivo de la gente que queremos, llorar sin motivo aparente, y sobre todo, una sensación de estar viviendo en piloto automático, como espectadores de nuestra propia vida. Ese detalle, el de convertirse en espectador de una fiesta en lugar de participar en ella, se me quedó grabado. Es una imagen que cualquiera que haya pasado por una etapa de sobrecarga reconoce al instante.

Hay un momento de la entrevista especialmente honesto, cuando Mariana habla de la dificultad de mostrarnos vulnerables, sobre todo en el entorno laboral. Dice algo que resume buena parte de lo que trabajamos con equipos directivos: mostrarse auténtico da miedo, y por eso construimos escudos, aunque ese mismo escudo termine siendo lo que nos aísla. No propone mostrarse indiscriminadamente ante cualquiera, sino elegir con cuidado ante quién bajamos la guardia. Pero sí insiste en que la vulnerabilidad bien entendida no es debilidad, es una forma de fortaleza que casi nadie entrena porque casi nadie se atreve a practicarla en público.

Lo que más valoro de esta conversación es que Mariana no habla desde la teoría. Habla desde haber tocado fondo y haber reconstruido, con esfuerzo real, una vida que hoy dice disfrutar mucho más que la que tenía antes del burnout. Eso conecta directamente con algo que repito muchas veces en este podcast: la tecnología, los procesos, los KPIs, no fallan solos. Fallan cuando las personas detrás de ellos están agotadas, desconectadas de sus propios valores, viviendo en piloto automático. Si lideras equipos, si formas líderes, o si simplemente estás en una etapa donde algo no cuadra aunque «sobre el papel» todo esté bien, esta conversación con Mariana Salazar te va a remover algo. Os invito a escuchar el episodio completo, está lleno de matices que aquí solo puedo insinuar.

Hoy, con todos nosotros, Mariana Salazar. Podéis conocer su trabajo en marianasalazar.es.