Ser exjugador, padre y entrenador parece ser una combinación bastante habitual en este mundo que tanto nos gusta. Tres posiciones diferentes desde las que observar el deporte y, al mismo tiempo, tres maneras distintas de entender qué significa formar parte de un equipo. El jugador vive la experiencia desde dentro de la pista; el padre la acompaña desde fuera y el entrenador tiene la responsabilidad de construir el contexto en el que todo sucede.
Cuando juntamos estas tres perspectivas aparecen preguntas que van mucho más allá del baloncesto. ¿Qué significa realmente formar a un deportista? ¿Qué papel tiene un club en la educación de los niños y adolescentes? ¿Hasta dónde deben llegar las expectativas de las familias? ¿Qué diferencia existe entre un club de barrio y otros modelos de club? Y, sobre todo, ¿estamos enseñando a los jóvenes a disfrutar del camino o estamos demasiado obsesionados con llegar a algún sitio?
El deporte de formación tiene una característica que muchas veces olvidamos: el resultado más importante no aparece en el marcador. Un partido se gana o se pierde, una temporada termina y un jugador puede conseguir más o menos puntos, pero las experiencias que se generan durante esos años pueden permanecer durante mucho tiempo. Aprender a convivir con compañeros diferentes, aceptar un error, recibir una crítica, gestionar la frustración, esforzarse cuando las cosas no salen bien o asumir responsabilidades son aprendizajes que después aparecen en muchos otros ámbitos de nuestra vida.
Por eso, hablar de deporte de formación es hablar también de liderazgo. Un entrenador no trabaja únicamente para conseguir que un grupo juegue mejor al baloncesto. Tiene que conseguir que personas diferentes sean capaces de funcionar juntas, establecer unas reglas, generar confianza y construir una cultura compartida. Y esto, curiosamente, no es muy diferente de lo que sucede dentro de una empresa.
En cualquier organización encontramos personas con capacidades, motivaciones y expectativas diferentes. El reto del líder consiste en conseguir que esas diferencias no destruyan el funcionamiento del grupo, sino que puedan convertirse en una fortaleza. En un equipo deportivo sucede exactamente lo mismo. El talento individual es importante, pero no garantiza que exista un buen equipo. Hace falta una cultura, unos objetivos compartidos y alguien capaz de facilitar ese proceso.
También resulta interesante observar las diferencias entre los clubes de barrio y otros modelos de organización deportiva. Los clubes de barrio tienen, en muchas ocasiones, una función que trasciende lo deportivo. Son espacios de comunidad, lugares donde las familias se conocen, donde los niños crecen juntos y donde se construye una identidad colectiva. Quizá dispongan de menos recursos que otras estructuras, pero cuentan con algo que cualquier organización debería valorar: pertenencia.
La transformación digital nos ha enseñado precisamente que incorporar tecnología no significa necesariamente transformar una organización. Puedes cambiar herramientas, instalar nuevos sistemas y digitalizar procesos y, sin embargo, mantener exactamente la misma cultura. Con los clubes ocurre algo parecido. Puedes profesionalizar estructuras, incorporar nuevas metodologías o disponer de más recursos, pero si no trabajas la cultura del grupo, el cambio será superficial.
Por eso creo que el deporte de formación puede ser un magnífico laboratorio para entender cómo funcionan las organizaciones. Un vestuario es un grupo humano. Un entrenador es un líder. Los jugadores tienen diferentes niveles de motivación. Las familias forman parte del sistema. Existen conflictos, expectativas, resistencia al cambio y momentos de presión. Y todo eso obliga a tomar decisiones constantemente.
También está el papel de los padres, que quizá sea uno de los elementos más complejos. Queremos que nuestros hijos disfruten, aprendan y sean felices, pero nuestras propias expectativas pueden terminar interfiriendo en el proceso. A veces queremos que jueguen más minutos, que ganen, que mejoren rápidamente o que lleguen más lejos de lo que nosotros llegamos. El problema aparece cuando dejamos de acompañar al deportista y empezamos a dirigir su experiencia.
En las empresas ocurre algo parecido cuando confundimos liderazgo con control. Un buen líder no necesita decidir absolutamente todo lo que hacen las personas de su equipo. Necesita crear las condiciones para que puedan tomar decisiones, equivocarse, aprender y asumir responsabilidades. La autonomía, tanto en un jugador como en un trabajador, no aparece de repente. Se construye progresivamente a través de la confianza.
Y ahí aparece una palabra que me parece fundamental: disfrutar. Parece casi una obviedad, pero en un entorno cada vez más obsesionado con los resultados corremos el riesgo de olvidar que el aprendizaje necesita tiempo. Queremos medirlo todo, comparar todo y obtener resultados inmediatamente. También en las empresas hablamos constantemente de KPIs, objetivos, productividad y rendimiento. Son herramientas necesarias, pero pueden convertirse en un problema cuando olvidamos que detrás de esos indicadores hay personas.
Quizá una de las grandes lecciones que podemos extraer del deporte de formación sea precisamente esa: no podemos evaluar un proceso únicamente por su resultado final. Una organización que consigue sus objetivos destruyendo la confianza de sus equipos puede presentar buenos números durante un tiempo, pero difícilmente estará construyendo un proyecto sostenible. De la misma manera, un equipo infantil puede perder muchos partidos y estar desarrollando jugadores y personas extraordinarias.
Por eso merece la pena recuperar la idea de disfrutar del viaje. No como una excusa para renunciar a competir o a mejorar, sino como una manera diferente de entender el éxito. Competir es importante. Esforzarse también. Querer ganar forma parte del deporte. Pero todo eso puede convivir con aprender, disfrutar y construir relaciones que tengan valor más allá del resultado.
Y quizá eso sea lo que realmente debería preocuparnos cuando hablamos de formación: qué personas estamos ayudando a construir.
Porque un niño que aprende a trabajar con otros, gestionar sus emociones, aceptar el error, asumir responsabilidades y enfrentarse a los cambios está adquiriendo herramientas que le servirán mucho después de abandonar una pista de baloncesto. Las utilizará en sus estudios, en sus relaciones, en su trabajo y, probablemente, también cuando algún día tenga que liderar un equipo.
De esto vamos a hablar hoy con Carlos Ytarte, entrenador de la UE Gaudí. De deporte de formación, de clubes de barrio, de familias, de liderazgo y de algo que quizá deberíamos recordar con más frecuencia: que formar personas es un proceso mucho más importante que ganar un partido.
Porque, al final, tanto en el deporte como en las organizaciones, el verdadero reto no es conseguir que las personas lleguen juntas a un objetivo, sino conseguir que quieran recorrer juntas el camino.