El mayor limitador del rendimiento no es técnico ni táctico. Es anticipar el fracaso antes de competir. Ayer trabajé con un equipo que tiene todas las cualidades necesarias para hacer un papel más que digno en su liga. Lo que me sorprendió es que ninguna de las condiciones técnicas ni tácticas fueron suficientes para librarse del limitador más grande: sus miedos. Anticipaban un resultado negativo y toda su actitud estaba más destinada a cumplir su propia visión, creando creencias limitantes.

Los jugadores estaban más preocupados por si fallaban que por el proceso en sí mismo. No estaban concentrados en el aquí y ahora, con lo que su sistema nervioso estaba sobrecargado, aparecían síntomas de ansiedad y el cuerpo en tensión, dos variables que limitan el rendimiento.

Con este estado, la capacidad de asumir responsabilidades se difumina y evitamos tomar el control. Dejamos que otro decida, las piernas se sienten cargadas, corremos menos y buscamos culpables externos, con el árbitro como chivo expiatorio habitual. La consecuencia es que se produce el resultado que anticipábamos: mal resultado, y reforzamos el patrón. No vamos a ganar. Da igual lo que ocurra.

Este bucle se refuerza con la repetición. Cuanto más ocurre, más alimentamos y entrenamos el circuito neuronal que lo sostiene. Eso lleva a que, por automatismo, ante cualquier situación similar usemos el recurso que más hemos desarrollado, llevándonos a un círculo del que no sabemos salir. Dejamos de jugar como sabemos y empezamos a jugar como tememos, y esta desconexión afecta a la percepción que generamos y a cómo, de nuevo, alimentamos patrones negativos.

Decirle a alguien no pienses en eso no solo es inútil, es una forma de empeorar el problema. Uno no puede pedirle al cerebro que no piense, y menos si le ponemos nombre y adjetivo. Pedir que se calme, que no piense o que no le dé más vueltas tiene el efecto contrario: vuelve a activar el patrón que nos está perjudicando.

Si se mantiene en el tiempo, acabas confundiendo resultados con identidad.

Detectar la emoción, aceptarla y no reaccionar desde ella es el punto de partida. El segundo paso es aceptarlo, sentirlo e integrarlo en nuestro pensamiento sin que nos domine.

Si conseguimos dar este paso, estamos más cerca de poder avanzar. El siguiente es afrontar la incertidumbre del presente sin etiquetarnos como un espejo de los resultados. Ni somos malos por tener malos resultados, ni buenos por la misma razón.

Y repetirlo hasta que la anticipación deje de dirigir la conducta.

El miedo anticipado no te limita por sus predicciones, sino porque modifica tu conducta y te lleva a evitar las situaciones de presión.

Cada vez que evitas, no estás resolviendo el problema. Estás alimentando al lobo negro.

El problema no es el miedo que sientes antes de competir. Es todo lo que dejas de hacer por su culpa. Cada vez que evitas, entrenas justo lo que te limita y refuerzas el patrón que te mantiene ahí. Este patrón no se rompe entendiéndolo, se rompe actuando distinto cuando aparece. Porque al final, no te define lo que sientes bajo presión, sino cómo decides responder cuando aparece.