Hay personas que creen que un día dejan el baloncesto. Guardan las zapatillas, dejan de competir, cambian los horarios de entrenamiento por las obligaciones laborales y familiares, y piensan que esa etapa ya forma parte del pasado. Sin embargo, el baloncesto tiene una forma muy curiosa de volver cuando menos te lo esperas.

En el caso de Nacho Torrecillas, fueron sus hijos quienes lo reengancharon. Como tantos jugadores que durante años vivieron este deporte con intensidad, llegó un momento en el que colgó las botas para dedicar su tiempo a otras responsabilidades. Pero unos pequeños locos bajitos cambiaron de nuevo el rumbo de la historia. Hoy no solo es padre de jugadores; también es entrenador.

Esa doble condición convierte esta conversación en algo especialmente interesante, porque nos permite hablar del deporte desde una perspectiva que cada vez viven más familias: la de quienes acompañan a sus hijos desde la grada, desde el coche, desde casa y, en algunos casos, también desde el banquillo.

Durante el episodio hablamos de una idea que resume muy bien su forma de entender el deporte: “es una inversión en adolescencia”. La frase puede parecer sencilla, pero encierra una profundidad enorme. Cuando pensamos en la adolescencia solemos centrarnos en los riesgos: la presión social, la incertidumbre, la búsqueda de identidad, los conflictos familiares, la exposición constante a las pantallas o la dificultad para encontrar espacios de pertenencia saludables. Sin embargo, pocas veces hablamos de la adolescencia como una etapa en la que merece la pena invertir tiempo de calidad.

Y eso es precisamente lo que plantea Nacho. Entrenar a un grupo de adolescentes no es solo enseñar técnica, táctica o fundamentos. Es estar presente en una etapa en la que los referentes importan, en la que los grupos tienen una influencia enorme y en la que un adulto puede convertirse en una figura significativa si sabe acompañar sin invadir.

La conversación gira alrededor de esa idea: el deporte como un lugar donde se construyen relaciones. También hablamos del reto que supone ser entrenador cuando, además, eres padre. No es una combinación sencilla. Exige gestionar expectativas, separar roles y aprender a no convertir cada entrenamiento o cada partido en una extensión de la relación familiar.

Esa frontera es mucho más delicada de lo que parece. Muchos padres descubren que el verdadero aprendizaje no está en corregir más, sino en escuchar mejor. Que acompañar no significa controlar. Y que el baloncesto ofrece oportunidades extraordinarias para hablar de frustración, esfuerzo, compromiso, amistad, error y responsabilidad.

En ese sentido, la expresión “inversión en adolescencia” cobra aún más sentido. Invertir no es garantizar un resultado. Es dedicar tiempo, atención y presencia a algo cuyo valor probablemente aparecerá años después. Quizá el hijo no llegue a jugar en categorías superiores. Quizá dentro de unos años deje el baloncesto. Pero la experiencia compartida, las conversaciones después de los entrenamientos, los viajes, las derrotas, los aprendizajes y el vínculo construido durante esos años pueden tener un impacto mucho más profundo que cualquier éxito deportivo.

El episodio también invita a reflexionar sobre el papel de los entrenadores de formación. A menudo se habla de ellos como técnicos. Pero, en realidad, trabajan en uno de los territorios más sensibles del desarrollo humano. Están presentes en una etapa donde los adolescentes empiezan a definir quiénes son, cómo se relacionan y cómo responden a la presión, al fracaso y al reconocimiento.

Por eso entrenar nunca es solo entrenar. Es educar. Es crear un espacio donde los jóvenes puedan sentirse parte de un grupo, aprender a colaborar, asumir responsabilidades y descubrir que el valor de una persona no depende únicamente del marcador.

La conversación con Nacho Torrecillas recuerda que el deporte tiene un potencial enorme cuando deja de obsesionarse con el rendimiento inmediato y se centra en el desarrollo de las personas. Quizá esa sea la mejor definición de la formación deportiva: invertir en el adulto que ese adolescente llegará a ser.

Hoy, con todos nosotros, Nacho Torrecillas.