A veces una trayectoria deportiva no empieza con una decisión planificada ni con un objetivo especialmente ambicioso. Empieza porque algo se rompe. Porque el equipo en el que jugabas deja de existir, porque el contexto cambia o porque un deporte que parecía ocupar un lugar estable en tu vida deja de hacerlo. En el caso de Núria Verdés, el fútbol partió el equipo donde jugaba y, a partir de ahí, apareció una nueva casa: el SESE. Lo que podía haber sido simplemente un final se convirtió en el inicio de un recorrido que la ha llevado a seguir creciendo en el baloncesto, primero como jugadora y después también como entrenadora.
En Café 150 charlamos con Núria sobre ese camino y sobre una realidad que muchas veces se entiende poco desde fuera: lo bonito, pero también lo duro, que puede ser este deporte cuando se vive desde el banquillo. Porque jugar y entrenar comparten una misma pista, un mismo balón y, muchas veces, las mismas emociones, pero son experiencias muy distintas. Cuando juegas, tu responsabilidad se concentra en lo que haces, en cómo respondes, en lo que aportas al equipo. Cuando entrenas, la mirada se amplía. Ya no basta con pensar en ti. Hay que pensar en un grupo, en cada jugadora, en las familias, en el contexto del club y en todo lo que ocurre antes, durante y después de un partido.
La llegada al SESE fue mucho más que un cambio de camiseta. Fue encontrar un espacio donde seguir vinculada al deporte, aprender y construir relaciones. En el baloncesto de base, los clubes son mucho más que estructuras competitivas. Son lugares donde se crean rutinas, amistades y recuerdos que permanecen durante años. Son espacios donde una jugadora puede descubrir que el deporte no solo le gusta por jugar partidos, sino por todo lo que sucede alrededor: los entrenamientos, los viajes, las conversaciones, las derrotas que obligan a volver a intentarlo y las victorias que se celebran mejor cuando se comparten.
Desde allí, Núria ha continuado creciendo en proyectos como el Martinenc y Sant Joan de Mata. Cada club, cada equipo y cada temporada aportan una experiencia distinta. Cambian los grupos, cambian los objetivos, cambian las exigencias y cambia también la manera en la que una persona entiende su propio papel dentro del baloncesto. Pero hay algo que se mantiene: la necesidad de seguir aprendiendo. Porque el deporte no se detiene y porque, especialmente cuando una persona empieza a entrenar, descubre que saber jugar no equivale necesariamente a saber enseñar.
Ese es uno de los grandes cambios que se producen al pasar de la pista al banquillo. Una jugadora puede tener intuiciones muy claras sobre el juego, saber leer una situación o resolverla con naturalidad, pero trasladar ese conocimiento a otras personas exige un trabajo diferente. Hay que encontrar las palabras adecuadas, diseñar ejercicios, observar qué necesita cada jugadora y aceptar que no todas aprenden al mismo ritmo ni responden de la misma manera. Hay quienes necesitan una explicación, quienes necesitan repetir una acción muchas veces y quienes necesitan confianza antes de atreverse a hacer algo que técnicamente ya podrían ejecutar.
Entrenar implica convivir con esa diversidad. Implica aceptar que un equipo no es una suma de jugadoras, sino una red de relaciones. Cada persona llega al entrenamiento con su propio día, con su estado de ánimo, con sus inseguridades y con sus expectativas. A veces el entrenador ve una falta de atención donde hay cansancio. A veces interpreta una mala actitud donde hay miedo a equivocarse. A veces tiene que corregir una cuestión técnica y, al mismo tiempo, cuidar que esa corrección no rompa la confianza de quien está aprendiendo.
Por eso estar en el banquillo puede ser tan bonito como exigente. Es bonito cuando ves que una jugadora que no se atrevía empieza a asumir responsabilidad. Cuando un equipo entiende algo que llevaba semanas trabajando. Cuando una persona descubre que puede hacer más de lo que pensaba. Cuando el grupo aprende a ayudarse y deja de depender únicamente de las indicaciones del entrenador. Pero también es duro cuando los resultados no acompañan, cuando aparecen conflictos, cuando hay que tomar decisiones que no gustarán a todo el mundo o cuando se siente que el esfuerzo invertido no se traduce de inmediato en una mejora visible.
En esos momentos aparece una de las lecciones más importantes del entrenamiento: no todo puede medirse por el resultado del sábado. La clasificación importa, la competición forma parte del juego y nadie entra a una pista sin querer ganar. Pero en formación hay preguntas que deberían tener más peso. Si las jugadoras están aprendiendo. Si entienden mejor el juego. Si se sienten parte del equipo. Si son capaces de equivocarse sin abandonar. Si vuelven a entrenar con ganas. Si el deporte está contribuyendo a que crezcan como personas y no solo como deportistas.
La experiencia de Núria también permite hablar de una cuestión fundamental: la presencia de mujeres en el baloncesto. Tener referentes femeninos en la pista y en el banquillo importa. Importa para las niñas que empiezan, porque pueden imaginarse ocupando esos espacios. Importa para los clubes, porque amplía las miradas y las formas de entender el deporte. E importa para el propio baloncesto, porque sigue necesitando que más mujeres puedan desarrollar su recorrido como jugadoras, entrenadoras, coordinadoras y responsables de proyectos.
No se trata de convertir cada historia en una bandera, sino de reconocer que el deporte mejora cuando las oportunidades son reales y los espacios se abren de verdad. Una entrenadora no debería ser una excepción ni una rareza. Debería ser una presencia habitual en cualquier pista. Y para que eso ocurra no basta con pedirlo: hay que acompañar, formar, confiar y permitir que las personas puedan aprender también desde el error.
Quizá la historia de Núria Verdés empieza con una ruptura inesperada en el fútbol, pero termina hablando de algo mucho más amplio. Habla de encontrar un lugar donde quedarse. De crecer dentro de un deporte. De descubrir que el baloncesto puede ser una casa. Y de asumir que, cuando se pasa al banquillo, el juego cambia, pero la pasión sigue siendo la misma.
Porque entrenar no es alejarse de la pista. Es aprender a vivirla desde otro lugar.