Ayer me invitaron a asistir al evento organizado por AESE Edu, Nexaula, donde se puso sobre la mesa la realidad de los colegios y de los profesores. Como entrenador, padre e impulsor de un ecosistema de entrenamiento emocional para jóvenes y adolescentes, fue una oportunidad valiosa para conocer de primera mano la realidad de las personas a las que confiamos a nuestros hijos cada día durante ocho horas.

A lo largo de estos seis años de podcast he hablado con muchas personas, y hay un consenso claro: todos queremos una sociedad mejor. Y uno de los caminos para conseguirlo es formar bien a nuestros niños, adolescentes y también a los adultos. Las habilidades duras —como las matemáticas o la física— son importantes, pero el conjunto de recursos que aporta una buena inteligencia emocional es, probablemente, aún más decisivo para construir sociedades más sanas.

Nosotros creemos que, tal y como plantean Peter Salovey y John Mayer, la inteligencia emocional —percepción, facilitación, comprensión y regulación— permite procesar la información emocional de forma eficaz. No se trata solo de entender lo que sentimos, sino de utilizar esa información para tomar mejores decisiones y adaptarnos al entorno, favoreciendo así el crecimiento personal y social.

Sin embargo, muchas veces caemos en un enfoque equivocado: intentamos desarrollar estas capacidades a través de seminarios, webinars, cursos online o presentaciones extensas. Es decir, desde lo puramente intelectual. Y olvidamos un factor clave: quien enseña. El maestro. La persona que pasa más tiempo con nuestros hijos mientras están despiertos, incluso más que sus propios padres. Estamos intentando desarrollar inteligencia emocional en los alumnos sin haberla desarrollado primero en el sistema que los educa. Y esto es intentar enseñar a cocinar usando papel y lápiz.

Una de las bases del aprendizaje no es solo qué se enseña, sino cómo se enseña. Aprendemos a través de los ejemplos, del comportamiento que observamos. Por eso, si queremos entrenar habilidades emocionales, primero hay que entrenar a quien educa. Sin eso, cualquier programa es cosmética.

En el evento percibí que no siempre están en la mejor situación para ejercer ese papel. Y no por falta de vocación o compromiso, sino por el contexto en el que trabajan.

La burocracia y ciertas dinámicas de los centros, en muchos casos, ponen obstáculos reales a la educación. Horas y más horas rellenando informes que nadie se lee, preparando documentos que no valen ni la tinta con la que se han imprimido. El control es necesario, pero cuando el control existe por sí mismo y bloquea el desarrollo, desmotiva y limita la capacidad de adaptación a entornos complejos, se convierte en un problema. De hecho, en cualquier departamento de RR. HH. eficiente, una de las primeras tareas es eliminar procesos y documentación innecesarios.

También existe una creencia bastante extendida: que el profesor es una figura vocacional inagotable, que seguirá enseñando con ilusión pase lo que pase. Es un planteamiento ingenuo. Como en cualquier organización, hay que cuidar a las personas. Sin un entorno laboral sano, no hay educación de calidad. Hay supervivencia.

Por otro lado, el propio colectivo docente tampoco está exento de mejora. Es necesario fomentar una mentalidad más abierta y colaborativa. La experiencia no garantiza tener todas las respuestas, y la formación reciente tampoco implica tenerlas. El docente debe verse como parte de un equipo cuya misión es preparar a sus alumnos no solo para ser autónomos, sino para desarrollar las capacidades emocionales que necesitarán en un mundo cambiante.

Otro punto que me llamó la atención, especialmente teniendo en cuenta la tecnología disponible, fue la dificultad para generar verdaderos entornos de colaboración entre familias y escuela. A veces da la sensación de que cada parte defiende su posición, en lugar de centrarse en una pregunta más útil: qué es lo mejor para el alumno.

Todo esto me lleva a una reflexión final: ¿quién cuida de los maestros? ¿Quién les entrena en habilidades emocionales para que puedan ser ese espejo que los alumnos necesitan?

Hablamos mucho de los niños, pero todos sabemos que aprendemos más de lo que vemos que de lo que nos dicen. Quizá deberíamos empezar por algo básico: reconocer el trabajo de los docentes, agradecerlo y, sobre todo, proporcionarles mejores herramientas y recursos para que puedan hacer bien su trabajo.

Ahí es donde empieza de verdad el cambio que todos decimos querer: en las personas que acompañan cada día el crecimiento de otras. Todo lo demás son parches para el siguiente informe burocrático.