La autoestima es el esquema del yo: son las creencias organizadas sobre lo que pensamos de nosotros mismos. Este esquema se construye en la infancia a través de los padres y amistades, y está influido por la cultura y normas sociales y experiencias vividas.
La ausencia de autoestima crea un entorno abonado para la depresión y todo tipo de estados que no consideramos positivos: sensación de soledad, creencia de inferioridad, desilusión, desmotivación, carencia de sentido, etc.
Por esta razón, tenemos que tener claro qué signos indirectos podemos observar cuando una persona, o incluso nosotros mismos, tiene la autoestima baja. Existen tres vectores a los que podemos estar atentos.
Comportamiento, donde temen que los datos objetivos confirmen lo que ya piensan: que no son suficientemente buenos.
- Evitan retos que les desafíen, a pesar de tener capacidades de sobra.
- Abandonan antes de tiempo ante la mínima dificultad.
- Preguntan y vuelven a preguntar para asegurarse de que lo están haciendo bien.
- Se comparan con los demás y, además, buscan compararse con personas mejores que ellos para salir perjudicados, o se restan méritos con el mismo objetivo.
- No hacen su trabajo o aplazan hasta la eternidad sus obligaciones, ya sean diarias o tareas concretas.
Lo que sienten, el lugar donde confunden quiénes son con el resultado de lo que hacen, sin aprender que son dos cosas distintas.
- Frustración desproporcionada ante errores sin importancia.
- Estar siempre a la defensiva cuando reciben consejos o, en su defecto, ignorar cualquier comentario. Todo es interpretado como un ataque porque sienten que no son válidos.
- Piensan que no están a la altura, que no son suficientes y viven con un síndrome del impostor constante.
- Ansiedad ante contextos de evaluación, ya sea un examen, un partido o una relación. Creen que van a ser evaluados para algo para lo que no están preparados.
Relaciones , donde en lugar de validar su yo, lo esconden para evitar conflicto.
- Se aíslan, viven en su mundo o en su cabeza. Su círculo es muy reducido, llegando a casos donde ni existe.
- Pierden sus referencias: quieren ser parte de algo y renuncian a lo que realmente les motiva. El resultado es que pierden criterio, foco y no saben quiénes son a un nivel profundo de valores.
- No quieren exponerse: evitan opinar, competir o participar. Huyen de la luz pública y privan al resto del mundo de ver su visión y su pasión.
- Dependen en exceso de la aprobación externa. Si hacen un trabajo del que están orgullosos, han puesto tiempo y esfuerzo y el resultado es brillante, basta con que una persona lo critique —aunque sea la que menos conocimiento, autoridad o experiencia tenga— para hundirse y reforzar su idea negativa sobre su valor.
Los adultos, ya sea tratando estos temas con otros adultos o con niños, tenemos una habilidad poco comentada en estos contextos: la de echar leña al fuego. Es muy duro sobrevivir en un mundo con la autoestima por los suelos y, en ese contexto, escuchar frases que, con toda la buena intención, solo consiguen hundir más a la persona.
Decir a alguien con baja autoestima “tienes que esforzarte más” no ayuda. Se esfuerzan todo lo que su capacidad permite, y decirles esto solo refuerza la idea de que no es suficiente.
Otra frase perjudicial es “confía en ti”. Se dice con cariño, pero lo único que hace es señalar otro fallo: ni siquiera esa persona confía en sí misma. ¿Cómo va a hacerlo el resto del mundo?
Y la que hace que salgan todos mis demonios es “no es para tanto”. No solo tiene la autoestima baja, sino que además se le etiqueta como exagerado. Que se trague el dolor porque, en el fondo, es un quejica. Acabáramos: no solo no son suficientes, no solo no se esfuerzan, sino que además exageran.
En ONA creemos que la autoestima no es una percepción estática sobre uno mismo, sino una habilidad entrenable que emerge de la interacción entre autoconocimiento, regulación emocional y conducta sostenida. No se construye a partir de lo que uno piensa que es, sino de lo que demuestra repetidamente que puede hacer, gestionar y sostener en contextos reales.
Una autoestima sólida implica reconocer capacidades y límites sin distorsión, tolerar el error sin colapso emocional y mantener la acción pese a la incomodidad. En este marco, los problemas de autoestima no se entienden como falta de valor personal, sino como un desajuste entre percepción, experiencia y acción, que puede corregirse mediante entrenamiento estructurado y experiencias guiadas que refuercen competencia, autonomía y sentido de progreso.
Por esta razón, algunas de las acciones básicas que se recomiendan son: trabajar hábitos sostenidos —hacer aunque no apetezca—, separar resultados de la identidad, construir una autopercepción realista y encontrar entornos que no juzguen, sino que ayuden a sostener el proceso.
La autoestima no se arregla pensando mejor, se corrige viviendo de otra manera. No cambia cuando te dices que vales, cambia cuando haces cosas que te obligan a demostrarte que puedes sostenerte, incluso cuando fallas. La pregunta no es cómo te ves, sino qué haces de forma repetida cuando nadie te mira. Porque ahí es donde, sin narrativa y sin excusas, se construye —o se destruye— quién eres.