El mejor ERP del mundo es el Excel. He visto cientos de miles de euros en desarrollo de sistemas, tecnologías, procesos y todo lo que uno pueda imaginar para acabar chocando con una X de color verde llamada Excel. Solo hace falta una pieza en todo el sistema para que la inversión no sirva de nada: una sola persona que, con la excusa peregrina de *si no me aclaro*, rompa la cadena del dato. Saca información, la transforma y la vuelve a introducir. En ese preciso momento, todos tus KPIs dejan de ser fiables, y lo que es peor, es una mancha de aceite que se extiende, porque si Pedro lo hace, ¿por qué no yo?, y si un departamento lo hace, ¿por qué no otro?, y poco a poco, la realidad reflejada en un informe no es más que un deseo, porque la verdad está detrás de las pantallas.
Y esta realidad nadie la conoce, todos asumen que los datos son ciertos. ¿Cómo no serlo? El deploy fue perfecto, la implementación funcionó como la seda. Se dieron todos los cursos de formación con un feedback positivo de más de nueve puntos. Literalmente, un caso de estudio para usar en las presentaciones a clientes. El cliente contento, la consultora contenta, y el Excel sonriendo pacientemente.
Como decía mi abuela, que sabía más por abuela que por consultora senior de transformación digital, «para un consultor son todo procesos». Y la verdad es que un proceso es un constructo que nos hemos inventado para conectar dos personas en dos puntos distintos de un estado de información. Pero lo que hacemos es conectar personas, y al realizarlo, traspasamos información, fijamos roles y definimos el poder de cada uno.
Ahora haceos esta pregunta: ¿cuántos de vosotros estáis dispuestos a renunciar a vuestra parcela de poder?, ¿a renunciar a vuestra libertad de gestionar vuestra área de trabajo?, ¿acaso no habéis demostrado que sois eficientes y eficaces?, ¿entonces, para qué?
No voy a tirar piedras sobre mi tejado: los procesos existen y hemos de tenerlos claros. Pero también hemos de ser conscientes de que eso implica que las personas implicadas usen las herramientas que la dirección ha creído conveniente, y dejen de lado los WhatsApp para pasarse a la herramienta que se haya acordado.
Así que uno de nuestros trabajos, además de sacar el mapa de procesos, el AS IS, es tener claro qué poder, qué rol estamos modificando y cómo queda la persona y el departamento. Si pierde el control de su realidad, si deja al descubierto sus ineficiencias, si mejora su calidad de vida o si simplemente se trata de un sistema para mayor control. Y sí, los ERPs son sistemas de control, para planificar —de ahí su nombre—. ¿Pero qué beneficio saca la persona?
No es una pregunta que se haga, y si se hace, está colocada como una diapositiva. ¿Nos hemos preguntado la ventaja real de que las personas no solo alimenten el ERP sino que procesen los datos dentro?
Por eso la implementación de un ERP no es una traducción, sino una localización de un proceso donde hemos de tener cuidado con los ritos y costumbres para no ser un elefante en una cacharrería. Hay que cuidar a las personas y los datos que representan, sustentan y alimentan; darles no solo la formación de cómo usar la herramienta, sino que visualicen las ventajas que tendrán como profesionales, así como la utilidad que representará para toda la organización.
La persona que saca información al Excel no es un saboteador ni un rezagado digital: es el guardián del dato. Alguien que ha construido poder sobre una parcela de información que nadie más controla. Hasta que no entiendas eso, no estás implementando un ERP — estás negociando una rendición.
Implementando tecnología en una red de abogados lo aprendimos de la manera más directa posible: el primer trabajo no fue instalar el sistema, sino convencer a cada persona de que sus ineficiencias no eran un defecto suyo, sino el síntoma de un proceso mal diseñado. Y que resolverlas no significaba perder terreno, sino ganar tiempo para lo que de verdad les importaba. Cuando eso quedó claro, el sistema dejó de ser una amenaza y se convirtió en un aliado. La tecnología es la parte fácil. Lo difícil es que la persona del otro lado de la pantalla quiera usarla.