Episodio: 284.

Llevo años trabajando con equipos, líderes y organizaciones. He visto de cerca cómo se construye la confianza, cómo se sostiene el rendimiento bajo presión, cómo el aprendizaje —el verdadero aprendizaje— transforma a las personas y a los grupos. Y cada vez que tengo una conversación que me remueve por dentro, sé que tengo que compartirla. Esta es una de esas.

En el último episodio de Tatxe tuve el privilegio de sentarme a hablar con Xavier Boix, entrenador y coordinador de básquet con una trayectoria construida desde el suelo, desde los vestuarios, desde las pistas de barrio y desde la trinchera de los equipos de formación. Un hombre que ha visto el deporte desde todos los ángulos posibles: como jugador, como entrenador, como coordinador y, sobre todo, como alguien que se ha preguntado en voz alta —y con valentía— qué estamos haciendo mal.

La conversación empezó con naturalidad, con humor, con referencias a los Lakers y a Magic Johnson, con esa facilidad que tienen los apasionados del deporte para conectar en segundos. Pero enseguida fue a fondo. Y lo que vino después no lo olvidaré fácilmente.

Xavi habló de algo que pocas veces se nombra con tanta claridad: la salud mental en el deporte base. Hay demasiados chicos y chicas que llegan a momentos de crisis emocional precisamente en el contexto que debería protegerlos, que debería darles recursos, herramientas, experiencias de superación. El deporte debería ser ese lugar. Y en demasiadas ocasiones ha dejado de serlo. No porque el deporte sea malo. Sino porque lo hemos llenado de presiones que no corresponden a niños de doce años. La presión del club. La presión del resultado. Y, sobre todo, la presión de las familias. Una presión que a veces no tiene nada que ver con el bien del hijo, y sí mucho que ver con el ego del adulto que hay detrás.

Esto me tocó profundamente, porque en mi trabajo con equipos adultos y organizaciones veo el mismo patrón. Cuando la presión viene de arriba sin sostén, sin acompañamiento, sin recursos, sin formación, los sistemas colapsan. Y las personas —ya sean directivos, colaboradores o chavales de catorce años— acaban pagando el precio más caro: el de su bienestar. Lo que Xavi describe en el deporte base es un espejo fiel de lo que ocurre en muchas organizaciones. La diferencia es que aquí hablamos de menores. De personas en formación. De seres humanos que están aprendiendo quiénes son.

Uno de los momentos que más me impactó fue cuando habló de los entrenadores. No como técnicos. Como personas. Describió algo que reconozco en muchos líderes intermedios de las organizaciones en las que trabajo: la soledad. El entrenador que llega solo a la pista, que toma decisiones solo, que no tiene a nadie que le acompañe, que le oriente, que le diga que va bien o que le corrija cuando se equivoca. Entrenadores jóvenes que se queman. Entrenadores con talento que abandonan porque nadie invirtió en ellos. Y una estructura que exige resultados sin ofrecer las condiciones para lograrlos. Esto no es un problema del básquet. Es un problema de liderazgo. Y de cultura organizativa.

Xavi habló también de algo que me generó una reflexión muy profunda: la diferencia entre competir para ganar y competir para crecer. En su club, la consigna no es ganar. La consigna es poner en práctica lo que se trabaja. Es evaluar si aquel jugador que no botaba con la izquierda ya lo hace. Si el que perdía el uno contra uno frontal ahora tiene recursos. Si el equipo está aprendiendo algo que valdrá dentro de cinco años, aunque hoy pierdan de veinte. Eso, en el lenguaje de las organizaciones, se llama orientación al aprendizaje. Y es la base de cualquier equipo de alto rendimiento sostenible. Los equipos que solo se orientan al resultado inmediato queman a las personas. Los equipos que aprenden, crecen. Y los que crecen, acaban rindiendo.

Hablamos también —y esto es algo que pocas veces se escucha con esta honestidad— de la realidad económica y estructural de los clubs de formación. Las federaciones con estructuras mastodónticas que absorben recursos que deberían llegar a las pistas. Las familias que pagan con naturalidad cien euros al mes por inglés o música, y discuten el recibo de sesenta euros de básquet. Los entrenadores que forman a niños durante años, que invierten tiempo, energía y vocación, que muchas veces pierden dinero por hacerlo, y que en cuanto alcanzan madurez profesional o se queman o los pierde otro club que les ofrece dos euros más. El sistema, tal como está diseñado, trabaja contra sí mismo. Y Xavi lo dice sin ira, con la serenidad de quien lleva muchos años buscando soluciones donde otros solo ven problemas.

Lo que más me llevé de esta conversación no fue una táctica de entrenamiento ni un modelo de gestión. Fue algo más sencillo y más poderoso: la coherencia entre lo que uno cree y lo que uno hace. Xavi entrena como cree que hay que entrenar. Coordina como cree que hay que coordinar. Exige que los chicos saluden cuando llegan y se duchen cuando se van, no como norma vacía, sino como parte de una educación que va más allá de la canasta. Se niega a que sus entrenadores estén solos. Se sienta con ellos. Los protege de las familias cuando toca. Los exige cuando toca también. Porque un buen líder no elige entre cuidar y exigir. Hace las dos cosas. Siempre.

Hay algo en personas como Xavi que me recuerda por qué hago lo que hago. Trabajan en silencio. Sin grandes audiencias. Sin titulares. Con pabellones prestados, con presupuestos ajustados, con calendarios que cambian cada semana porque no hay suficientes entrenadores. Y aun así siguen. Porque creen en algo más grande que el marcador. Creen en las personas. Creen en que un niño que aprende a perder bien, que aprende a esforzarse aunque no gane, que aprende a confiar en su compañero aunque no sea el más hábil, ese niño va a ser un adulto mejor. Un compañero mejor. Un líder mejor.

Si trabajas en educación, en deporte, en formación de equipos, en liderazgo, en cualquier contexto donde las personas sean el centro —y todas las organizaciones deberían serlo— este episodio tiene algo para ti. No porque hable de soluciones perfectas. Sino porque habla de verdad. Y la verdad, cuando viene de alguien que vive lo que cuenta, siempre vale la pena escucharla.

Hoy, con todos nosotros, Xavier Boix.