Cuando alguien menciona la palabra «comunidad» en el contexto de una empresa, casi siempre se refiere a otra cosa. Una lista de suscriptores, un grupo de Slack silencioso, un hashtag corporativo. En mi último episodio del podcast Tatxe conversé con Rubén Mancera, cofundador de Community Hackers y autor de «Comunidades de Impacto» (Anaya, 2026), el primer libro en español dedicado íntegramente a la metodología del diseño de comunidades. Y lo que iba a ser una conversación sobre marketing y crecimiento terminó siendo, en el fondo, una conversación sobre liderazgo.
Rubén no vende la idea romántica de la comunidad. Viene del mundo del growth y de la ingeniería, y su primera obsesión fue precisamente esa, si no se puede medir el impacto de una comunidad en indicadores de negocio, nadie la va a financiar. Diseñar una comunidad, dice, exige crear un sistema que alinee los objetivos de la empresa, el propósito de la comunidad y las acciones concretas de sus miembros. Sin esa alineación, lo que tienes no es un activo, es un gasto sin retorno claro, por muy bonito que suene el discurso alrededor.
Pero la parte de la conversación que más conecta con lo que trabajo en liderazgo y en el deporte con Ona Mind fue otra, la de quién entra y quién no en un proyecto colectivo. Rubén fue muy claro, ninguna comunidad que funciona admite a todo el mundo. Sin restricción no hay identidad, y sin identidad no hay sentimiento de pertenencia. Cuando se es laxo en ese filtro, entra gente que, sin ser mala persona, simplemente no encaja, y esa desconexión no se queda en silencio, se transforma en fricción, en boicot pasivo, en preguntas incómodas que rompen la dinámica del grupo. La exigencia al diseñar quién forma parte no es un capricho elitista, es una forma de cuidado hacia quienes sí encajan.
De ahí saltamos a un terreno que domino mejor, el deporte. Rubén también juega al baloncesto, y usó una analogía que resume de forma perfecta lo que significa liderar un grupo nuevo, cuando llega gente que no se conoce entre sí, alguien tiene que facilitar que cada persona encuentre su rol. No todos van a anotar puntos, pero todos aportan algo, el que defiende bien, el que rebotea, el que sostiene el ambiente del vestuario. El error habitual en las organizaciones es medir el valor de una persona solo por el resultado visible, ignorando que la mayoría de lo que sostiene un equipo ocurre fuera del marcador.
Y entonces llegamos al punto que, para mí, resume toda la charla. Rubén me dijo que la frase que se tatuaría es «nadie crece solo», y que para él ahí está implícito todo el concepto de liderazgo. El buen liderazgo, según su experiencia diseñando comunidades, es el que desaparece, el que se nota cuando la gente sigue sosteniendo el proyecto aunque el líder no esté delante. Eso exige renunciar al síndrome de Superman, esa idea de que uno solo puede con todo y que delegar es una pérdida de control. Rubén lo llama la segunda gran fricción que encuentra al escalar comunidades dentro de las empresas, líderes incapaces de soltar su cuota de protagonismo para que el proyecto crezca más allá de ellos.
Hablamos también de tecnología, y aquí Rubén fue pragmático más que dogmático. Recomienda usar siempre la herramienta que menos fricción tenga para el miembro, no para el gestor. Si tu comunidad está en Telegram, el trabajo es aprender Telegram, aunque a ti te resulte más cómodo otra plataforma. Solo cuando ya tienes el grupo comprometido y percibiendo valor puedes plantear migrar a una tecnología más sofisticada. Y remató con una frase que debería colgarse en cualquier sala de reuniones, «diseñar con los miembros, no para los miembros». Todo lo que crees que va a funcionar antes de validarlo con la gente real es, en el mejor de los casos, una hipótesis.
Otro punto que me pareció especialmente honesto fue cuando hablamos de monetización. Rubén advierte contra convertir en de pago las actividades que generan compromiso y engagement, la conversación, la participación, el sentido de pertenencia. Eso, dice, hay que protegerlo. Lo que se monetiza son las capas más premium, el acceso exclusivo, los eventos físicos, el patrocinio externo, y siempre después de haber validado que la comunidad genera valor real para sus miembros. Pedir dinero antes de esa validación es, en sus palabras, «pedir un salto de fe muy grande».
Cerramos la conversación con un tema que atraviesa cualquier proyecto colectivo, físico o digital, empresarial o deportivo, la importancia de tener un propósito claro. Las empresas escriben sus valores en la web corporativa y no los vuelven a mirar. Las comunidades, dice Rubén, no se pueden permitir ese lujo, porque son relaciones humanas, y las relaciones humanas generan conflicto. Tener el propósito bien definido es lo que da la respuesta cuando algo se tuerce, en lugar de improvisar decisiones desde el desgaste del momento.
Esta es solo una parte de todo lo que hablamos. En el episodio completo, Rubén cuenta cómo diseña ahora mismo el modelo de comunidad para el club de baloncesto donde juegan sus hijos, explica por qué Stephen Curry cambió la geometría de un deporte entero gracias a un cambio de metodología, y reflexiona sobre por qué, cuanto más tiempo pasamos conectados a una pantalla, más valiosas se vuelven las relaciones físicas. Si lideras personas, en una empresa, en un equipo o en cualquier proyecto colectivo, esta conversación merece tu tiempo.
La conversación completa con Rubén Mancera está en Tatxe.