Episodio 299

Hay conversaciones que empiezan como un café informal y terminan reordenando la manera en que piensas sobre algo que dabas por resuelto. Esta fue una de ellas. Conocí a Francesc Bordonau en un evento y en cinco minutos me quedó clara una cosa: aquí había alguien que llevaba años dentro del problema real de las empresas, no observándolo desde fuera. Así que le pedí que viniera al podcast, y lo que salió de esa charla es exactamente el tipo de conversación que a mí me interesa compartir, la que mezcla experiencia vivida con una pregunta incómoda que casi nadie se atreve a hacer en voz alta dentro de un comité de dirección.

La pregunta es esta: ¿por qué seguimos gestionando el talento de nuestras empresas por intuición, cuando cada otra área del negocio ya funciona con datos? Francesc lo explica con una imagen que se te queda grabada. El director financiero tiene su cuadro de mando clarísimo, cifra a cifra. El de producto ve exactamente qué hace cada cliente dentro de la plataforma. El de ventas mira su CRM y sabe en qué punto del embudo está cada oportunidad. Y el responsable de personas, en cambio, saca el dedo, lo pone al aire, y mira por dónde sopla el viento. No porque no le importe, sino porque nunca le hemos dado las herramientas para hacerlo de otra manera. Los datos sobre las personas dependen de qué líder los ha capturado, en qué estado de ánimo estaba ese día, y de una evaluación anual de trescientos sesenta grados que llega demasiado tarde para cambiar nada.

De ahí nace Bether, la plataforma que Francesc construye junto a sus socios, y que arranca de una constatación muy honesta sobre su propio recorrido. Trabajó años en desarrollo de talento dentro de grandes empresas, diseñando estrategias excelentes sobre el papel, y descubrió que esas estrategias se rompían siempre en el mismo punto, el manager de campo, la persona que tiene que ejecutarlas cara a cara con su equipo sin haber sido nunca formada para eso. Y aquí llega uno de los momentos más honestos de toda la charla, cuando habla de por qué eso ocurre tanto. Ascendemos a la mejor vendedora a jefa de ventas, al mejor ingeniero a responsable de equipo, dando por hecho que dominar una disciplina técnica te convierte automáticamente en alguien capaz de liderar personas. Y cuando eso falla, como suele fallar, la empresa pierde dos veces, se queda sin un profesional brillante en su rol original y gana un líder que nunca quiso ni supo estar ahí.

Lo que más me removió de la conversación fue su manera de hablar del talento como algo relativo, no absoluto. Alguien puede ser extraordinario en un equipo y sentirse invisible en otro, no porque haya cambiado como profesional, sino porque el contexto que le rodea le permite o le impide desplegarse. Y eso conecta directamente con algo que yo repito constantemente en este podcast desde el deporte, ese jugador que rinde a un nivel altísimo en un vestuario y se apaga por completo en otro no es un misterio de talento, es una cuestión de encaje, de roles, de si el grupo le sostiene o le está devorando por dentro sin que nadie lo vea desde fuera.

Pero si hay una idea que me gustaría que te llevaras de esta conversación es la del coste real de perder a alguien clave. Francesc lo desmonta con una precisión que incomoda, dejar de generalizar que un empleado cuesta reemplazarlo lo mismo que otro. No es lo mismo perder a alguien cuyo puesto no tiene impacto crítico que perder a la persona que sostiene la relación con tu cliente más importante, la que tiene un conocimiento que nadie más en la organización posee. Y aquí lanza una frase que resume toda su filosofía, un empleado no es una máquina que sustituyes y ya está, es el único recurso de tu empresa capaz de levantarse y marcharse por la puerta. Cuando entendemos eso de verdad, dejamos de hablar de recursos humanos como un coste a minimizar y empezamos a hablar de estrategia de talento como palanca de negocio.

Hablamos también de las nuevas generaciones, de esa fama de impaciencia y poco compromiso que arrastran, y Francesc ofrece una lectura que me pareció mucho más generosa y mucho más certera que el discurso habitual. Ellos han visto crecer a sus padres protegidos por una estabilidad que ya no existe, y han visto también cómo empresas enteras queman a sus empleados en cuanto dejan de necesitarlos. Si no tienes nada que perder, arriesgas, pruebas, cambias. No es un defecto de carácter, es una respuesta lógica al mundo que les hemos construido. Y eso nos devuelve a los líderes una responsabilidad muy concreta, cuidar de verdad ya no es una opción decorativa con fruta gratis y vistas al mar, es la única manera de que alguien decida quedarse.

Cierro esta newsletter con lo que para mí es el corazón de toda la conversación. Anticipar no es un lujo de empresas grandes con departamentos sofisticados, es la diferencia entre sufrir el cambio y liderarlo. Detectar seis meses antes quién puede ser el próximo líder, quién está a punto de irse, qué posición se va a quedar vacante y cuánto te va a costar cubrirla, no es tecnología, es una forma de mirar a las personas con la misma seriedad con la que miramos las cifras. Y esa mirada, al final, es la que separa a los equipos que sostienen el cambio de los que lo padecen.

Si esta conversación te ha resonado, te invito a escuchar el episodio completo, hay muchos más matices que no caben en un resumen, y una manera de contar todo esto que solo se entiende escuchándola. Y si tú también estás intentando construir una cultura donde las personas se queden porque quieren y no porque no tienen otra opción, cuéntame cómo lo estás haciendo, me encantaría leerte.

Hoy, con todos nosotros, Francesc Bordonau.