Toda gran conversación necesita una pregunta importante. Y pocas lo son tanto como intentar resolver si fueron los Los Angeles Lakers o la UE Mataró quienes utilizaron primero los colores amarillo y violeta. Según parece, la historia concede la victoria a los ilurenses, que ya lucían esa identidad visual antes de que la franquicia californiana la hiciera mundialmente famosa.
A partir de esta curiosidad histórica comenzamos una charla con Charly Giralt sobre uno de los proyectos más interesantes del baloncesto catalán de los últimos años.
El camino que ha llevado a la UE Mataró hasta la LEB Plata no nació de la casualidad ni de una apuesta puntual. Es el resultado de un trabajo sostenido durante años alrededor de una idea muy concreta: cuidar la cantera y construir desde abajo. Un proyecto que empezó a tomar forma hace aproximadamente siete años y que, paso a paso, ha conseguido situar al club en la tercera categoría del baloncesto español.
La realidad de esta competición tiene particularidades muy especiales. La mayoría de jugadores no son profesionales a tiempo completo. Compaginan entrenamientos, partidos, estudios, trabajo y vida personal. Mantener el máximo nivel de exigencia en todos esos ámbitos no siempre resulta sencillo.
Sin embargo, existe un factor que compensa muchas de esas dificultades: la pasión. El deseo de competir al máximo nivel posible y de seguir creciendo como jugador empuja a los deportistas a encontrar esa energía extra que muchas veces parece imposible sacar cuando la jornada ya va por su décima o duodécima hora.
En la pista, Giralt apuesta por una filosofía que combina estructura y libertad. Cree firmemente en la necesidad de que exista un sistema reconocible que todos los jugadores comprendan y respeten. Pero también considera imprescindible que tengan margen para interpretar el juego y tomar decisiones propias.
Porque cuando todo está excesivamente controlado, el equipo se vuelve previsible. Y cuando un jugador tiene espacio para crear, improvisar o incluso romper alguna norma táctica en el momento adecuado, se convierte en una amenaza mucho más difícil de defender.
En esta visión del baloncesto, el error ocupa un lugar fundamental. Si no permitimos que los jugadores se arriesguen, tampoco permitimos que evolucionen. Y esa reflexión no afecta únicamente a los jugadores. También alcanza a los entrenadores y al propio juego. El crecimiento exige asumir riesgos y aceptar que equivocarse forma parte del proceso.
Esa misma filosofía aparece en la forma de diseñar los entrenamientos. Charly reconoce que intenta que el último ejercicio de la sesión tenga un componente más dinámico y atractivo. Después de mucho trabajo físico, técnico o analítico, entiende que es importante introducir propuestas que mantengan la motivación y la atención de los jugadores.
Eso sí, deja clara una idea: los ejercicios no deben existir porque sean vistosos o porque estén de moda. Deben responder a un objetivo concreto. La pregunta importante no es si un ejercicio es bonito, sino si ayuda realmente a mejorar aquello que queremos mejorar.
La conversación llega entonces a uno de los grandes retos de cualquier entrenador: transformar un grupo de jugadores en un verdadero equipo.
Para explicarlo utiliza una reflexión sencilla pero poderosa. Cuando termina una carrera deportiva, los jugadores suelen ser recordados por los campeonatos que ganaron, no por la cantidad de puntos que anotaron. De hecho, cuando alguien recuerda una temporada memorable, la primera pregunta rara vez es cuántos puntos hizo cada jugador. La pregunta suele ser si el equipo ganó.
Por eso defiende la necesidad de construir lo que denomina un “egoísmo colectivo”. Una cultura donde cada integrante entienda que su crecimiento individual está ligado al éxito del grupo y donde todos trabajen en la misma dirección.
Naturalmente, llevar esta idea a la práctica resulta mucho más complicado que escribirla sobre el papel. El verdadero trabajo consiste en convencer a los jugadores, conseguir que compren la filosofía del equipo y lograr que acepten los roles necesarios para maximizar el rendimiento colectivo.
Porque al final los equipos ganadores no son los que reúnen más talento, sino los que consiguen que todas las piezas encajen.
Hoy, gracias a Xavi Marcè, con todos nosotros, Charly Giralt.