“Pasa bien” es una de las frases que más irritación me provoca cuando me pongo el gorro de entrenador. Ver cómo el que lleva el silbato grita y se pone colorado repitiendo esta frase es lo más triste que puedes ver en una pista de baloncesto. Y puede aplicarse a cualquier ámbito: tira, bota, defiéndete o lo que quieras, porque partimos de dos conceptos equivocados: que todos tenemos claro lo que significa “bien” y que la gente no lo hace bien porque no quiere. Y os puedo asegurar que nadie quiere hacer las cosas mal, nadie quiere perder un pase y nadie quiere fallar un tiro.
Si nos movemos al ámbito de la empresa, podemos trasladar la misma idea, pero en vez de pensar en run and jump con trap en esquinas si no la sube el manejador, puede ser mejorar un proceso para reducir su tiempo de ejecución, las personas involucradas y los errores por mil unidades de producción.
Porque nadie quiere arruinar su empresa con ideas locas; todos creemos que tenemos razón y planteamos unos principios que deberían ser ciertos, a pesar de que no siempre se cumplen. En dirección debería estar concentrada la densidad de talento de la empresa, o como mínimo, la mayor capacidad de gestionar talento. Cuando en estos contextos se define un proyecto, una estrategia a seguir para que la empresa sobreviva el siguiente año fiscal, se suelen tomar una serie de decisiones que definen lo que quieren que la empresa sea al cabo de 365 días.
Cuando esta estrategia se despliega es cuando lo que eran buenas intenciones, ideas claras y objetivos claros empieza a desdibujarse. Unas veces por dejadez, otras por sordera, otras tantas por incomprensión. Pero, honestamente, la mayor parte de la responsabilidad consiste en dos factores claros: no se comunica, no se mide.
Como el entrenador, gritamos “hacerlo bien” sin explicar qué significa hacerlo bien, con lo que, ante todo cambio de procesos y de poder, tenemos una ancestral costumbre que es arrimar el ascua a nuestra sardina, que no tiene nada de tecnológico, pero que nos permite minimizar riesgos y maximizar beneficios. Esto conlleva que cada una de las partes acabe torciendo los procesos hasta que llega el momento de ruptura o ineficiencia, culpándose unos a otros, sin ser conscientes de que, el uno por el otro, la casa sigue sin barrer.
Sumando a esta acumulación de polvo en el suelo, tenemos el segundo fallo: ¿cómo sabemos que hemos mejorado? ¿Cómo sabemos si hemos aplicado el cambio correctamente? La técnica de chuparse un dedo y levantarlo al aire para ver por dónde sopla el viento podía ser útil a un marinero del siglo XV, pero en el Queen Mary II no tiene sentido, y ya ni os cuento en una migración de un Dynamics 365 a SAP.
Cada área va a su ritmo: mientras unos quieren volumen, otros quieren cierres rápidos, los terceros quieren eficiencia y los últimos estabilidad, vamos dando pasos pequeños hasta el desastre final.
Hemos de definir no los KPI, sino los OKR. Lo sé, no nos da el cuerpo para tanta sigla, pero es lo que toca. No solo hay que medir, sino para qué y cómo. Definir el proceso y medirlo, y además conocer por qué no llegamos. Estos indicadores han de ser no solo por departamento, sino transversales. No nos sirve de nada un departamento de marketing que genere un volumen de ventas que nos sature el departamento de ventas, y así con cualquier combinación.
Hemos de tener no solo la idea, la estrategia, sino que hemos de bajarla a la táctica, a la ejecución, de una forma que no perdamos el objetivo de vista y que todos sigamos alineados y empujando en la misma dirección. Los sueños son importantes, pero hemos de convertirlos en metas; estas metas, en objetivos; y dotarnos no solo de los medios, sino de la gestión y el control para saber si los conseguimos. Y si no es así, descubrir por qué no y tomar las medidas correspondientes.
Al final, todo esto va de personas intentando hacer bien su trabajo en entornos que muchas veces no se lo ponen fácil. No se trata de señalar, sino de entender, ordenar y ejecutar mejor. Porque cuando se alinean intención, método y medición, las cosas pasan. Si este enfoque resuena contigo, si estás en ese punto en el que sabes que hay que hacer cambios pero no tienes claro por dónde empezar, hablemos. Un café es suficiente para empezar a poner orden y convertir las buenas intenciones en resultados.