Hay personas que han vivido el baloncesto desde prácticamente todos los ángulos posibles. Como jugador, como árbitro y, finalmente, como entrenador. Fran Frías Fochs es una de ellas.
Curiosamente, el paso de jugador a árbitro fue completamente natural. El arbitraje le permitió acceder a un nivel de baloncesto que no había podido experimentar durante su etapa como jugador. Desde una posición privilegiada pudo observar a grandes jugadores, estudiar sus movimientos, entender cómo ocupaban los espacios y descubrir detalles que normalmente pasan desapercibidos desde la grada.
Sin embargo, el gran cambio llegó cuando fue padre. Tenía claro que quería que su hijo practicara un deporte colectivo y, entre continuar arbitrando o dar el paso hacia los banquillos, terminó convirtiéndose en entrenador.
Y entonces apareció una figura que marcaría profundamente su forma de entender este deporte: Joan Cortés. Más que enseñarle baloncesto, le abrió los ojos al verdadero significado del baloncesto de formación. Fue quien le hizo comprender que entrenar niños no consiste únicamente en enseñar técnica o táctica, sino en ayudar a crecer a personas a través del deporte.
Como muchos entrenadores que empiezan desde cero, se encontró con una realidad evidente: le faltaban horas de vuelo. Para compensarlo consumió una enorme cantidad de contenidos formativos. Reconoce entre risas que incluso “traicionó” a la FCBQ para ampliar horizontes y aprender de referentes de otras comunidades. Entre ellos destaca a Diego Blázquez, a quien define como una referencia extraordinaria tanto para enseñar como para transmitir conocimiento. También menciona a Jota, una de las voces que más le ayudó a comprender conceptos relacionados con el spacing y la ocupación de espacios.
Uno de los grandes aprendizajes de ese proceso fue descubrir que mecanizar acciones no siempre genera mejores resultados. Entendió que el aprendizaje debe ser atractivo, dinámico y significativo para que los jugadores lo interioricen realmente. Cuando los niños disfrutan, aprenden más rápido y mejor.
Por eso insiste en que los entrenadores deben buscar la eficacia y la eficiencia. No se trata de diseñar ejercicios espectaculares o muy vistosos que luego no aparecen durante los partidos. Lo importante es que aquello que se entrena tenga una transferencia real al juego.
Durante la conversación aparece inevitablemente uno de los temas más delicados del deporte base: el papel de las familias.
Fran reconoce que muchos padres actúan desde la mejor de las intenciones, pero también observa cómo, en ocasiones, terminan ejerciendo de entrenadores desde la grada. Cuando esto ocurre, las consecuencias suelen afectar al niño, al grupo y al propio club. Por ello considera fundamental establecer espacios de diálogo y reuniones donde exista el respaldo de la dirección deportiva o de la estructura del club.
También aprovecha para reivindicar el trabajo de los entrenadores de formación. Un trabajo que muchas veces resulta invisible para quienes están fuera. Se exige formación continua, cursos, titulaciones, inscripción en el ROPEC, horas de dedicación, preparación de sesiones y acompañamiento constante a niños y familias. Todo ello, en muchos casos, por una compensación económica limitada y con menos reconocimiento del que merece la responsabilidad asumida.
A pesar de todo, sigue creyendo profundamente en el valor de la formación. En enseñar mejor, en aprender más y en construir entornos donde los jugadores disfruten mientras crecen. Porque cuando un niño se divierte, aprende. Cuando aprende, mejora. Y cuando mejora, aumenta la probabilidad de que siga vinculado al deporte durante muchos años.
Hoy, con todos nosotros, Fran Frías Fochs.