Es importante formarse, asistir a clinics y seguir aprendiendo. Pero para Roberto Rajó, gran parte del valor de estos eventos no está únicamente en las ponencias o en los contenidos que aparecen en la pista. La verdadera riqueza muchas veces surge después, en las conversaciones con otros entrenadores, durante la comida o compartiendo una cerveza mientras se intercambian experiencias, dudas y aprendizajes.
No es partidario de los extremos. Considera que existe espacio tanto para el trabajo global como para el analítico y que cada entrenador termina inclinándose más hacia un lado u otro en función de su propia filosofía. Tampoco se declara especialmente fan de los juegos como herramienta principal de entrenamiento. Prefiere involucrarse de forma constante durante la sesión, hablando con sus jugadoras, corrigiendo, modificando situaciones y ofreciendo feedback continuo.
Porque, al final, lo importante es que la jugadora disfrute. Si una niña sale contenta del entrenamiento, volverá. Si vuelve, seguirá aprendiendo. Y si sigue aprendiendo, tendrá más posibilidades de desarrollar su potencial. Los niños no son tontos. Ir a entrenar para sufrir sin sentido no suele resultar especialmente atractivo.
Si tuviera que resumir su filosofía en pocas palabras, probablemente sería algo parecido a enseñar, insistir y exigir.
Durante la conversación surge uno de los temas clásicos del baloncesto de formación: el pase. Rajó reconoce que es una habilidad difícil de entrenar de forma específica y considera que, en determinadas categorías, el bote tiene una importancia mayor. Cree que muchas veces estas capacidades se desarrollan más a través del propio juego que mediante ejercicios aislados.
Donde no existen dudas es en su pasión por la defensa. Aunque es consciente de que el baloncesto suele valorar más a quien anota que a quien defiende, considera que resulta imposible alcanzar niveles altos de rendimiento sin una base defensiva sólida. Ya sea en categorías autonómicas, nacionales o profesionales, defender sigue siendo imprescindible.
Además, la defensa tiene algo que le atrae especialmente: todos pueden defender. Mientras que algunas capacidades ofensivas dependen más de factores técnicos o del talento específico, la defensa está muy ligada a la actitud, al esfuerzo y al compromiso. El físico influye, por supuesto, pero la predisposición del jugador sigue siendo determinante.
Respecto al individualismo, cree que muchas conductas asociadas a no compartir el balón suelen aparecer más en edades tempranas. Según su experiencia entrenando equipos femeninos, este problema aparece con menor frecuencia. Aunque reconoce que la influencia de ciertos modelos procedentes del baloncesto estadounidense puede favorecer una cultura excesivamente centrada en el uno contra uno.
Otro aspecto que considera fundamental es diferenciar entre error y fallo. El entrenador no puede dejarse arrastrar constantemente por la necesidad inmediata de ganar. Saber entrenar implica centrarse en aquello que será importante a medio y largo plazo, aunque los resultados inmediatos no siempre acompañen.
También cuestiona el falso debate entre volumen y calidad. No se trata de elegir entre una cosa u otra, sino de encontrar el equilibrio adecuado. Cuando existe tiempo suficiente, el volumen resulta muy valioso. Cuando el tiempo es limitado, la prioridad debe ser mejorar el gesto técnico, porque aquello que no se domina difícilmente aparecerá después en competición.
La incertidumbre, además, adquiere mayor relevancia a medida que aumenta el nivel competitivo. Mientras que en categorías inferiores existen otros aprendizajes prioritarios, conforme los jugadores avanzan resulta imprescindible aprender a gestionar situaciones cambiantes y complejas.
Uno de los puntos más interesantes de la conversación aparece al hablar de la gestión de vestuario. Para Rajó, muchas respuestas sobre el comportamiento de un equipo no están en la táctica ni en la técnica, sino en las relaciones que existen entre sus integrantes. Los grupos que se forman, las amistades, los liderazgos y los conflictos influyen directamente en aspectos tan concretos como quién recibe más balones o quién participa menos en el juego.
También defiende la necesidad de crear espacios donde los jugadores puedan experimentar. Considera que los niños actuales tienen cada vez menos oportunidades para improvisar y descubrir por sí mismos. Por ello, no es especialmente partidario del 5c5 como herramienta principal de formación y suele preferir situaciones de 3c3. En ocasiones deja que jueguen sin intervenir, precisamente para compensar la falta de “calle” que existe en la actualidad.
Cuando un jugador destaca claramente por encima de su grupo de edad, entiende que es necesario ofrecerle retos adecuados para que continúe creciendo y no caiga en la comodidad. Sin embargo, también advierte sobre el riesgo de exigir demasiado. El crecimiento y el disfrute deben convivir.
Para quienes comienzan a entrenar, tiene una recomendación clara: empezar como segundo entrenador junto a alguien que sepa enseñar. No únicamente enseñar baloncesto a los jugadores, sino también enseñar a entrenar. Observar cómo se planifica, cómo se corrige, cómo se comunica o cómo se construye una sesión aporta aprendizajes difíciles de encontrar en los libros.
Finalmente, defiende una idea que trasciende al propio entrenamiento. Los entrenadores deben formar parte de la estructura del club. No se trata únicamente de preparar una sesión y marcharse a casa. Hay que ayudar, recoger material, inflar balones, colaborar y entender que todos forman parte del mismo proyecto. La humildad sigue siendo una de las herramientas más importantes para construir cultura de club.
Hoy, con todo nosotros, Robez