Episodio: 282.
En los entornos de alto rendimiento, ya sea en el deporte, en la dirección de empresas o en la formación de equipos, todo importa. Cada decisión, cada gesto, cada palabra. Pero gestionar esos entornos exige algo más que datos, métricas y planificación. Exige reconocer y manejar las propias emociones, sostener la calma cuando la presión aprieta y tomar decisiones conscientes precisamente cuando más cuesta hacerlo. Quienes hemos acompañado equipos durante años sabemos que la diferencia entre un grupo que funciona y uno que rinde de verdad rara vez está en el talento individual: está en la manera en que esas personas se conocen a sí mismas, en cómo se relacionan, en cómo eligen actuar desde el amor o desde el miedo. Y por eso, en este episodio del podcast Tatxe, abrimos la puerta a una conversación que va mucho más allá del management al uso.
Juan Cruz Carrasco Scapuzzi se presenta como mental y life coach, aunque él mismo es el primero en advertir que las etiquetas se quedan cortas. Lo descubrí leyendo su perfil de LinkedIn y, tras hablar con él, confirmé lo que ya sospechaba: estamos frente a alguien que ha hecho del autoconocimiento una práctica diaria y que acompaña a directivos y dueños de negocio precisamente desde ese lugar. Su historia tiene la fuerza de los caminos que no fueron lineales. Empezó a emprender con catorce años, creció rodeado de padres emprendedores, estudió ADE y, cuando tenía veintisiete, dirigía cinco empresas y movía cifras importantes. Hasta que la vida le puso delante una estafa de ciento cuarenta mil dólares que lo dejó endeudado por sesenta mil. Lo que para muchos habría sido el final de una carrera, fue para él el inicio de un viaje hacia adentro. Tres años y medio de introspección profunda, atravesando una depresión, le dieron las herramientas que hoy utiliza para ayudar a otras personas. Como él mismo dice, no enseña: acompaña. Es un espejo en el que sus clientes pueden verse para sacar todo su potencial y trasladar ese trabajo interior a la estrategia externa de sus negocios.
Una de las ideas que más me removió de la conversación es su distinción entre dolor y sufrimiento. Para Juan Cruz, el sufrimiento es negar el dolor, mientras que el dolor es necesario para crecer. Quien evita habitar el dolor se queda atrapado en el sufrimiento, en una incomodidad sostenida que no transforma. Y aquí encontramos una de las claves para cualquiera que dirija equipos o forme a otras personas: si nosotros mismos evitamos sistemáticamente el malestar de aprender, de equivocarnos, de revisar nuestros automatismos, difícilmente podremos sostener procesos de cambio en quienes nos acompañan. Le pregunté si la crisis es necesaria para crecer y su respuesta me parece especialmente lúcida. No la considera necesaria, pero sí reconoce que en muchos casos es la vida la que nos pone contra la espada y la pared para mostrarnos zonas de sombra que de otro modo nunca habríamos explorado. La pregunta interesante, entonces, no es si la crisis llegará, sino qué haremos con ella cuando llegue. Hay quien la atraviesa y se transforma, hay quien se queda en la queja, y hay quien elige la comodidad de no cambiar aunque sepa que ese lugar ya no le sirve.
En este punto introdujimos otro tema que considero capital para cualquier líder. Hablamos del ego, no como una cualidad negativa que haya que eliminar, sino como un huésped que se instala en el templo de la mente desde que nacemos y que va alimentándose con cada experiencia, cada herida y cada creencia que vamos acumulando. El problema no es tener ego, sino confundirnos con él. Juan Cruz lo expresa con una claridad que invita a la práctica: cuando observamos nuestros pensamientos, nos damos cuenta de que hay alguien observando, una conciencia detrás del pensante. Esa toma de distancia, ese pequeño gesto de identificarse con la conciencia y no con la voz interna que enjuicia, abre un espacio enorme para tomar decisiones nuevas. En equipos de alto rendimiento, esto es oro puro. Cuántas veces hemos visto a profesionales brillantes paralizarse ante un reto porque su diálogo interno les recuerda fracasos antiguos. Cuántas veces hemos sido nosotros mismos esa persona. Aprender a separar el pensamiento del pensante no es una técnica esotérica, es una herramienta práctica de liderazgo consciente.
Con esa misma honestidad abordamos la dicotomía entre operar desde el miedo y operar desde el amor. Para Juan Cruz, allí donde se pone amor las cosas pocas veces salen mal, aunque el resultado externo no sea el esperado. Y donde no hay amor, aparece el arrepentimiento, esa palabra que él considera especialmente fea porque marca el peso de lo que no nos atrevimos a hacer. Hablamos de cómo el amor propio es la base sobre la que se construye cualquier relación sana, cualquier equipo sólido y cualquier proyecto sostenible. Si me cuido, puedo cuidar. Si me trato bien, puedo tratar bien a los demás. Esa lógica, tan sencilla en apariencia y tan complicada en la práctica, es la que sostiene los entornos donde la gente rinde más porque confía y donde el cambio se gestiona sin perder a las personas por el camino.
Tampoco esquivamos los temas incómodos. Le pregunté por la importancia del silencio y la soledad en una época saturada de estímulos, donde cualquier rato libre se llena con podcasts, redes, notificaciones y ruido constante. Su respuesta me pareció especialmente valiosa para quienes formamos a niños, adolescentes y adultos. Sí, la soledad bien entendida es necesaria para encontrarse, pero no se trata de irse al extremo aislacionista. El mundo externo también nos enseña, porque lo que nos molesta del otro habla de nosotros y lo que admiramos del otro también. La conciencia se entrena en ese vaivén entre el habitarse y el relacionarse, entre el silencio interior y el espejo que son los demás. Para mí, que llevo años defendiendo que aburrirse un rato es uno de los mejores ejercicios que un niño puede hacer, escuchar a Juan Cruz hablar de la necesidad del silencio fue un confirmador y un revulsivo a la vez.
Hubo más, claro. Hablamos del perdón propio como acto de aprendizaje, de la integración como llave para que las experiencias difíciles dejen de pesar y empiecen a enseñar, del miedo último que se esconde detrás de tantos otros miedos cotidianos, de la respiración como herramienta para volver al presente cuando la mente se dispara. Hablamos de la diferencia entre el que se entrena para fluir y el que se entrena para controlar, y de por qué los grandes deportistas, los grandes formadores y los grandes líderes tienen algo en común: han aprendido a apagar la voz que les recuerda lo que podría salir mal y han aprendido a confiar en lo que ya saben hacer. Pero no quiero contártelo todo aquí. Esta newsletter es una invitación, no un sustituto. Hay conversaciones que pierden fuerza cuando se resumen demasiado, y esta es una de ellas.
Si lideras equipos, si formas a otras personas, si entrenas a niños o a adultos, si gestionas la presión de tomar decisiones que afectan a otros, te invito a regalarte este episodio. No por mí, ni por Juan Cruz, sino por ti. Porque crecer es inevitable solo para quien decide no escapar de su propio dolor. Porque conocerse es la única ventaja competitiva que nadie te puede copiar. Y porque, como decía mi invitado, lo único valioso que tenemos es el presente, y este presente, ahora mismo, te está dando la oportunidad de parar diez minutos y escuchar algo que quizá te cambie la mirada. Búscalo en tu plataforma de podcast favorita, dale al play y, si te resuena, compártelo con esa persona de tu equipo a la que llevas tiempo queriendo decirle algo y no encuentras las palabras. A veces, el mejor liderazgo es simplemente abrir una puerta.
Hoy, con todos nosotros, Juan Cruz Carrasco Scapuzzi.