Neuroeducación y baloncesto: cómo enseñar para que el aprendizaje llegue al partido
Cuando hablas con una persona que maneja con soltura conceptos como neuroeducación, sinapsis, plasticidad o elasticidad cerebral y, además, es capaz de decir sin despeinarse slip the pick o handoff, uno tiene que estar preparado para todo. Porque juntar neurociencia y baloncesto puede parecer una combinación compleja, pero detrás de todo ello aparece una pregunta sorprendentemente sencilla: ¿cómo conseguimos que un jugador aprenda de verdad?
Y no hablamos únicamente de aprender a ejecutar un movimiento durante un entrenamiento. La cuestión realmente interesante es cómo conseguimos que aquello que queremos enseñar cale en la mente del jugador hasta el punto de que sea capaz de utilizarlo después en un partido. Porque una cosa es explicar, otra entrenar, otra aprender y una bastante diferente conseguir que ese aprendizaje aparezca cuando el jugador tiene delante un rival, dispone de décimas de segundo para decidir y el contexto cambia constantemente.
Los entrenadores caemos con facilidad en una trampa. Pensamos que porque hemos explicado algo, el jugador lo ha entendido. Y si además conseguimos que el ejercicio salga correctamente varias veces durante el entrenamiento, podemos llegar a convencernos de que el concepto está aprendido. Después llega el partido, el jugador no hace aquello que esperábamos y aparece una de las frases más repetidas desde cualquier banquillo: «¡Pero si esto lo hemos entrenado!».
Sí, lo hemos entrenado. Pero eso no significa necesariamente que se haya aprendido.
Con Marc Guillem navegamos precisamente por esta diferencia y por cómo enseñamos a aprender. Por cómo podemos conseguir que aquello que trabajamos durante la semana tenga posibilidades reales de aparecer el fin de semana. Y aquí surge uno de los conceptos fundamentales del aprendizaje deportivo: la transferencia. El objetivo del entrenamiento no debería ser únicamente conseguir que un ejercicio salga bien, sino lograr que el conocimiento adquirido pueda utilizarse en situaciones diferentes.
Para conseguirlo volvemos, como hacen los buenos chefs, a los clásicos. Y a partir de ahí intentamos reinventarlos. Repetición, competición, utilidad y transferencia. Cuatro conceptos aparentemente sencillos que adquieren una dimensión diferente cuando los observamos desde la perspectiva de cómo funciona el aprendizaje.
La repetición sigue siendo necesaria, pero repetir no tiene por qué significar hacer cien veces exactamente lo mismo. Podemos repetir una idea enfrentando al jugador a situaciones diferentes. Podemos cambiar el espacio, el tiempo, los compañeros, los defensores o las reglas. El concepto que queremos trabajar permanece, pero el problema que debe resolver el jugador cambia. Algo mucho más parecido a lo que después encontrará durante un partido.
La competición también puede convertirse en una herramienta de aprendizaje. Competir genera atención, introduce incertidumbre y obliga a tomar decisiones. Pero eso no significa transformar cada entrenamiento en una final olímpica. Significa utilizar la competición de forma inteligente, adaptándola a la edad de los jugadores y al objetivo que queremos conseguir. Crear situaciones en las que exista una consecuencia y en las que el jugador necesite encontrar soluciones.
Y después está la utilidad. Aprendemos mejor cuando entendemos para qué sirve aquello que estamos aprendiendo. Un jugador puede realizar un movimiento porque su entrenador se lo pide, pero el aprendizaje cambia cuando comprende qué problema pretende resolver con ese movimiento. En ese momento dejamos de enseñar únicamente respuestas y empezamos a ayudar a los jugadores a interpretar situaciones.
Todo esto tiene que adaptarse necesariamente a la persona que tenemos delante. Porque no entrenamos cerebros aislados, entrenamos personas. Cada jugador tiene experiencias diferentes, capacidades distintas, motivaciones propias y un ritmo particular de aprendizaje. La edad importa, el contexto importa y las características individuales también. Cada jugador es, literalmente, un mundo en sí mismo.
Esto obliga al entrenador a abandonar la comodidad de las recetas universales. Lo que funciona con un jugador puede no funcionar con otro. Lo que funcionó con un equipo la temporada pasada puede ser completamente inútil con el siguiente. Entrenar también significa observar, probar, equivocarse, modificar y volver a probar.
Quizá por eso deberíamos empezar a entender al entrenador no solamente como alguien que transmite conocimientos, sino como alguien que diseña experiencias de aprendizaje. Nuestro trabajo no consiste exclusivamente en decirle al jugador qué debe hacer. Consiste en crear contextos en los que pueda descubrir qué hacer, comprender por qué hacerlo y desarrollar la capacidad de reconocer cuándo utilizarlo.
Y de todo esto hablamos mientras tomábamos un café en La Bacardina, con los transeúntes y los vehículos pasando completamente indiferentes a nuestro lado, ajenos a la calidad de la conversación que nuestro invitado había tenido a bien regalarnos.
Mientras el mundo continuaba ahí fuera, nosotros viajábamos entre sinapsis y bloqueos directos, entre neuroeducación y handoffs, intentando comprender un poco mejor qué sucede entre el momento en el que un entrenador enseña algo y ese instante en el que, finalmente, un jugador consigue utilizarlo por sí mismo dentro de una pista.
Porque quizá ahí esté una de las claves de entrenar: no conseguir simplemente que nuestros jugadores hagan lo que queremos, sino ayudarles a aprender para que, cuando llegue el momento, sepan encontrar sus propias respuestas.
Hoy, con todos nosotros, Marc Guillem.