Mónica Lázaro se formó en el Siglo XXI y ha construido una trayectoria vinculada al baloncesto que la ha llevado a pasar por proyectos como Lima Horta, Sant Adrià y Barça CBS. Ahora desarrolla su trabajo desde los banquillos del CB Castelldefels, un espacio desde el que sigue aportando conocimiento, exigencia y una mirada muy clara sobre lo que significa acompañar a jugadores y jugadoras en su crecimiento.

En este episodio de Tatxe hablamos con ella sobre una de las tareas más complejas y, a la vez, más valiosas dentro del deporte: ser un buen entrenador. Porque entrenar no consiste únicamente en preparar sesiones, diseñar ejercicios o tomar decisiones durante un partido. Ser entrenador implica entender a las personas, interpretar los momentos de un grupo, adaptar el mensaje a cada jugador y jugadora y construir un entorno en el que el aprendizaje pueda producirse de verdad. La pista es el lugar donde se ven los resultados, pero gran parte del trabajo ocurre antes, en las conversaciones, en la planificación, en la confianza y en la capacidad de sostener un proceso incluso cuando no todo sale como se esperaba.

La trayectoria de Mónica también permite hablar de los caminos que la vida presenta y de cómo cada etapa acaba dejando herramientas para la siguiente. El deporte no siempre avanza en línea recta. Hay cambios de club, oportunidades que aparecen en momentos inesperados, decisiones difíciles y experiencias que obligan a salir de la zona de comodidad. Pero cada contexto aporta una forma distinta de entender el juego, de relacionarse con los equipos y de aprender a gestionar la responsabilidad que implica estar al frente de un grupo.

Formar jugadores y jugadoras es una de las partes más bonitas del baloncesto, pero también una de las que exige mayor paciencia. El crecimiento no siempre es visible de inmediato. A veces se construye en pequeños detalles: en una jugadora que empieza a confiar en su tiro, en un jugador que aprende a gestionar un error, en alguien que entiende por fin una lectura del juego o en un grupo que empieza a competir desde la colaboración y no desde el miedo. Esos avances no siempre aparecen en una estadística, pero son los que terminan definiendo la relación de una persona con el deporte.

Acompañar ese proceso exige mirar más allá del resultado. Exige entender que no todos avanzan al mismo ritmo, que cada jugador y jugadora necesita estímulos diferentes y que el talento, por sí solo, no garantiza una evolución sostenida. El trabajo del entrenador consiste también en crear las condiciones para que ese talento pueda aparecer, desarrollarse y mantenerse. Eso implica exigencia, sí, pero también escucha, claridad y coherencia.

En la conversación con Mónica Lázaro aparece esa visión del baloncesto como un espacio de formación integral. Un lugar donde se aprende a competir, pero también a convivir, a asumir responsabilidades, a aceptar el error y a construir confianza. El deporte puede ser una herramienta muy potente cuando quienes lo dirigen entienden que trabajan con personas antes que con resultados.

Hoy, con todos nosotros, Mónica Lázaro.