Lo que vemos los entrenadores con nuestros jugadores todos los días es una realidad que se repite cuando entran en el mundo laboral: mismos patrones, mismas reacciones, solo cambia el escenario. En el deporte el entrenador es el líder del equipo, el grupo es la cultura que se transmite desde las instancias del club o la empresa, y fallar un tiro o perder un cliente son de los errores a los que se han de enfrentar día a día. Mismos principios psicológicos activados en ambos contextos.
La pregunta es: en el vestuario, ¿qué se dice el equipo?, ¿se culpan unos a otros?, ¿existe seguridad psicológica? Y en la máquina de café, el vestuario por antonomasia en las empresas, ¿qué conversaciones escucharíamos después de un error?
¿Cuál sería la diferencia entre un equipo de alto rendimiento y un equipo al que han colocado en alto rendimiento? Porque hay una diferencia que se traduce en resultados entre la cultura necesaria para competir al máximo nivel y la ilusión de que quien quiere puede, sin más entreno que apretar los ojos muy fuerte y desearlo. Y si no lo consigues, es que no querías, y por eso no te has esforzado.
Hay una diferencia entre un líder que comprende el error como parte del proceso, que somete a su equipo a una exposición incremental y controlada, que no lo castiga y que le da la seguridad de explorar los límites de sus capacidades personales. Porque si no forzamos los límites, aunque corramos el riesgo de caernos, ¿cómo los vamos a expandir?
Se juega como se entrena, también en la empresa
Hay pocas verdades absolutas, pero una de ellas es que somos personas trabajando con otras personas, y hemos de encontrar la manera de ser nuestra mejor versión. No hace falta apagar a nadie para que nuestra luz brille. Y la presión en sí misma no es ni buena ni mala: es cómo la percibimos.
Esto se puede entrenar. Existe consenso sobre las áreas que se han de trabajar para mejorar la respuesta ante la presión: rutinas precompetitivas, atención implícita, entrenamiento específico de habilidades psicológicas y mindfulness. Esta es una realidad que practican todos los deportistas de alto nivel, pero que desaparece cuando cambiamos las deportivas por los zapatos. Perdemos la fe en nosotros mismos por pertenecer a una tribu que lleva un lazo al cuello, que obviamente les impide que les llegue sangre al cerebro.
No entiendo por qué no se entrenan estas habilidades en el entorno profesional, aunque poco a poco, gracias a profesionales como Núria Fonts, cada vez estamos más concienciados sobre estos temas.
En adolescentes, un entrenador que no trabaja el entorno familiar trabaja con la mitad del equipo. En empresa, el equivalente es la seguridad psicológica: el Proyecto Aristóteles de Google, y el trabajo posterior de Laura Delizonna en Harvard Business Review, identificaron que el rasgo común de los equipos de mayor rendimiento no era el talento ni la personalidad de sus miembros, sino la certeza de que no serían castigados por equivocarse o decir lo que piensan. Sin ese clima, la persona rinde con miedo, y el miedo, tarde o temprano, se disfraza de perfeccionismo o de silencio.
Recuerdo un partido, en un equipo que yo acompañaba, después de una de las derrotas más dolorosas de la temporada. En el vestuario, el alero se quejaba de que le pasaban tarde. El base decía que nadie se desmarcaba. El pivot acusaba al alero de no esperar el bloqueo. Y el entrenador, al final, resumió lo que todos hacían: cada uno miraba hacia otro lado, poniendo su ego por encima del equipo, incapaz de asumir su responsabilidad individual en la derrota.
Después de esa derrota, el equipo entendió algo: buscar fuera de uno mismo para esconder el propio error era el problema que había que resolver, no la derrota en sí. Partido a partido, empezaron a mirar hacia dentro antes que hacia el compañero. Acabaron la liga en segunda posición.
Ahora que tenemos los datos, no es momento de fustigarse, es momento de decidir qué queremos: ¿creamos un entorno donde el rendimiento surja porque cuidamos a nuestros equipos y su entorno, o seguimos con la política de castigar el error hasta que nadie sea capaz de reconocer uno? La diferencia entre esa derrota dolorosa y el segundo puesto final no fue el talento, fue que dejaron de mirar hacia fuera. Si reconoces alguno de estos patrones en tu equipo, hablemos. No hace falta tener todas las respuestas, solo la voluntad de mirar hacia dentro.