Es la base que sostiene todo el proceso de desarrollo: aporta el marco para entender cómo piensa, siente y actúa el joven, y permite intervenir de forma estructurada sobre sus hábitos mentales, emocionales y conductuales. No se plantea como algo teórico, sino como una herramienta práctica para mejorar el rendimiento, la toma de decisiones y el bienestar, especialmente en etapas de crecimiento donde se están construyendo la identidad y los recursos internos.
¿Y si la inteligencia emocional no se enseñara… sino que se entrenara?
Han pasado veinticuatro horas desde que regresé del campus y todavía estoy en proceso de recuperación. No solo por el desgaste físico, sino por la exigencia mental que implica sostener, dinamizar y acompañar a un grupo de adolescentes en plena etapa de desarrollo. [...]









