Desconozco la historia que hay detrás de esta canción de Joaquín Sabina, pero cuando me sentaba a documentarme para escribir este post empezó a sonar en el fondo de mi cabeza de forma reiterativa, hasta que tuve que parar un momento para escucharla en su versión original y no en la que estaba destrozando con mi tarareo desafinado. Hay canciones que aparecen en el momento adecuado y, aunque no tengan exactamente que ver con lo que estás pensando, consiguen ponerle una banda sonora bastante apropiada a una idea.
Si os preguntáis por qué esta canción, os diré que por esos eventos a los que te invitan de forma compulsiva por varias vías. Primero llegan las indirectas a través de LinkedIn y su herramienta de mensajes, después empiezas a ver el evento repetido en redes sociales y, finalmente, aparecen los amigos y conocidos que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, te preguntan si vas y, ya que estamos, aprovechamos el evento para ponernos al día. El evento se convierte así en una especie de obligación social disfrazada de oportunidad profesional.
Y esto es precisamente lo que me fascina: la enorme cantidad de eventos profesionales cuyo objetivo no acabo de entender. Y no me refiero a aquellos en los que sí conozco perfectamente cuál es la finalidad. Si alguien organiza un evento para vender un producto, presentar una solución tecnológica, captar clientes o vender la membresía de un selecto club de emprendedores, inversores o lo que tengan a bien juntar bajo el mismo techo, perfecto. Al menos existe una intención clara. De esos lodos vienen patronales, sindicatos, foros, colegios profesionales y todo tipo de organizaciones que han conseguido construir alrededor de una actividad una auténtica industria de eventos. A algunos, además, les va muy bien, cosa que todo hay que decirlo y que me genera más envidia que rabia.
Los eventos que me generan dudas son los otros. Aquellos en los que no entiendo muy bien cuál es el objetivo, qué se supone que vamos a aprender, qué pretende conseguir quien los organiza y, sobre todo, quién paga todo el chiringuito y quién termina beneficiándose de él. Porque montar un evento cuesta dinero, reunir a determinadas personas cuesta dinero y conseguir que alguien abandone durante unas horas su trabajo para desplazarse hasta un sitio concreto también tiene un coste. Si nadie está pagando por ello, alguien lo está haciendo. Y si alguien lo está haciendo, normalmente espera obtener algún tipo de retorno.
Aquí aparece una pregunta empresarial bastante sencilla: ¿cuál es el ROI del evento?
Cuando empecé hace siglos en esto, intentaba estar en todos los que podía para mantenerme al día de lo que se cocía en el sector. Tenía cierta lógica. Había menos información disponible, las redes profesionales no tenían la dimensión actual y acudir a un evento era una manera bastante razonable de conocer personas, descubrir tendencias y enterarte de qué estaba pasando. Como es habitual, casi todos eran en horario de tarde o noche, así que consistía en pasarte todo el día trabajando para acabar en un lugar que, en muchos casos, era lo más parecido a tu propio lugar de trabajo.
Al cabo de dos o tres eventos empezabas a darte cuenta de que éramos los cuatro de siempre más algún despistado que había venido por orden de la superioridad o porque se había motivado, como yo mismo en su momento, pensando que allí iba a descubrir el futuro de la profesión. La primera vez tenía su gracia. Te presentabas, conocías gente y con un par de personas construías una relación interesante. Con otras, en cambio, descubrías rápidamente que habían acudido a cumplir su cuota de ventas y que el pudor no podía considerarse un obstáculo para conseguirla.
Con el tiempo empiezas a valorar de otra manera tu tiempo. Ahora que ya tengo una edad y reparto mi tiempo libre con lo que realmente me importa —mis hijos, mi pareja y alguna afición de juventud que me ha impulsado incluso a volver a vestir ropa deportiva— ya no tengo demasiadas ganas de beber combinados, utilizar jerga en inglés y extender mi horario más de lo necesario. Sobre todo cuando el retorno de la inversión, en mi caso particular, no compensa.
Dicho de otra manera: ya tengo una edad para utilizar como excusa unas conferencias para irme de copas.
Lo curioso es que recientemente me encontré con uno de estos eventos durante mi horario laboral y lo que apareció fue una curiosa mezcla entre aquella canción de Sabina y The Song Remains the Same, de Led Zeppelin. Porque no solamente estaban todos menos tú —y alguna que otra baja, evidentemente—, sino que además seguimos hablando de lo mismo.
O, como mínimo, la estructura del discurso sigue siendo exactamente la misma.
Hace unos años hablábamos de Web 2.0. Después llegaron las redes sociales, el blockchain, la inteligencia artificial, la transformación digital y ahora cualquier concepto que esté de moda. En este caso, el protagonista era el metaverso. Cambia la palabra, cambia la presentación, cambia alguna diapositiva y probablemente aparece un nuevo ponente con una chaqueta diferente, pero el discurso de fondo sigue siendo sorprendentemente parecido.
Y aquí creo que hay una reflexión interesante sobre la transformación digital. Una de las trampas más habituales consiste en confundir innovación con cambiarle el nombre a las cosas. Una empresa no se transforma porque utilice una tecnología nueva ni porque organice un evento en el que durante dos horas se hable de ella. Se transforma cuando modifica su manera de trabajar, cuando cambia procesos, cuando desarrolla nuevas capacidades y, sobre todo, cuando consigue que las personas incorporen esos cambios a su forma habitual de hacer las cosas.
Quizá por eso cada vez me interesan menos los eventos que hablan del futuro y más las conversaciones con personas que están intentando cambiar algo de verdad. Me interesa saber qué problema tenían, qué decisión tomaron, qué salió mal, qué aprendieron y qué hicieron diferente después. Eso sí tiene retorno.
Porque al final, quizá el problema no sea que existan demasiados eventos. El problema es que confundimos movimiento con avance. Podemos pasar de conferencia en conferencia, acumular tarjetas, contactos de LinkedIn, fotografías y palabras de moda y volver a casa exactamente igual que cuando salimos.
Y entonces la pregunta vuelve a ser la misma: ¿para qué hemos ido?