Episodio:286

Hay conversaciones que te dejan pensando durante días. La que tuve con Guillermo Pérez es una de ellas.

Guillermo es psicólogo deportivo. Lleva años trabajando en el deporte formativo y de base, acompañando a entrenadores, familias y deportistas en algo que va mucho más allá del rendimiento técnico o táctico: la construcción de personas. Y cuando empezamos a hablar, lo primero que hizo fue lanzar un dato que duele. El 40% de los menores en categoría infantil y cadete —chicos y chicas de entre 13 y 14 años— abandona el deporte formativo en nuestro país. No es una intuición. Son estadísticas. Y detrás de ese número hay miles de historias de saturación, de presión acumulada, de expectativas que aplastaron lo que debería haber sido una experiencia de crecimiento.

Esto no es un problema del deporte. Es un problema de cómo acompañamos a las personas.

Lo que más me impactó de la conversación con Guillermo es que no habla de los menores como si fueran deportistas a optimizar. Habla de ellos como personas con esferas vitales distintas —la personal, la académica, la deportiva— que se afectan mutuamente de manera constante. Un niño que llega al entrenamiento después de una mala mañana en el instituto no es el mismo que el del martes pasado. Un adolescente que vive un conflicto en casa lleva ese peso al vestuario. Y si el entrenador solo mira la técnica y la táctica, está perdiendo el 25% más decisivo de la ecuación: la capacidad psicológica. La atención, la concentración, la autoconfianza, la gestión emocional. Todo aquello que, en realidad, marca la diferencia entre los que llegan y los que no.

Pero la charla no se quedó solo en los menores. Entramos de lleno en el papel de los entrenadores y en algo que pocas veces se nombra con tanta claridad: la motivación real que hay detrás de cada banquillo. ¿Entrenas para que los chicos mejoren? ¿O priorizas el resultado porque lo necesitas para tu carrera? ¿Estás de verdad con ellos o estás usando ese equipo como trampolín hacia otro sitio? No hay respuestas correctas universales, pero sí hay consecuencias. Y Guillermo las pone encima de la mesa con una honestidad que se agradece enormemente.

Lo mismo ocurre con las familias. Guillermo lo dice sin rodeos: muchos padres y madres no saben cómo acompañar a sus hijos en el deporte. No porque no quieran, sino porque nadie les ha enseñado. El coche de vuelta a casa después de un partido puede ser el momento de mayor apoyo o el de mayor destrucción emocional de un menor. Esos quince minutos, esos comentarios sobre lo que salió mal, esa necesidad de analizar y corregir cuando lo que el niño necesita es simplemente sentirse visto, valorado y aceptado independientemente del marcador. Guillermo trabaja directamente con esto en Almería, a través de un programa formativo que lleva tres años llegando a clubes, familias y centros educativos de toda la provincia. Un proyecto que empezó siendo difícil de arrancar y que hoy está cambiando la manera en que muchos adultos se relacionan con el deporte de sus hijos.

Hablamos también de algo que me toca muy de cerca: la diferencia entre competir y ser competitivo. Competir puede ser extraordinariamente formativo. Ser competitivo en exceso, esa necesidad de ganar por encima de todo y de todos, ese fútbol de barrio A contra barrio B convertido en asunto de honor, es otra cosa. Es donde se rompen valores, se insulta al árbitro, se desprecia al rival y se le enseña al menor que lo único que importa es el resultado. Y eso tiene un precio. Un precio que se paga durante años, en forma de abandono, de baja autoestima, de incapacidad para gestionar la derrota en la vida adulta.

Hay un momento de la conversación que no voy a olvidar. Guillermo habla de una jugadora con muchísima proyección cuyo padre apostó todo al resultado, a que llegara, a que triunfara. Y llegó. Pero el camino fue innecesariamente duro. Y habla también de un jugador profesional de basket que no empezó a rendir hasta que alguien le dijo algo tan simple como esto: es un juego. En ese momento, se relajó. Y empezó a subir.

A veces las personas que más saben son las que nos recuerdan lo más básico.

Yo llevo muchos años trabajando con equipos, con líderes, con personas que toman decisiones bajo presión. Y lo que escucho en Guillermo lo reconozco en cada entorno de alto rendimiento en el que he estado: cuando cuidas a la persona de manera integral, cuando construyes vínculo real, cuando el grupo confía en el entrenador y entre sí, el rendimiento no es una consecuencia forzada. Es una consecuencia natural. No puedes disociar la persona del deportista. No puedes disociar al empleado del ser humano que llega a trabajar con sus cargas, sus dudas y sus sueños. Intentarlo tiene un coste enorme. No intentarlo tiene otro mayor.

Esta conversación me ha reafirmado en algo en lo que creo profundamente: el rendimiento sostenible nace de entornos seguros. Y los entornos seguros los construyen personas que priorizan el desarrollo humano por encima del resultado inmediato. Entrenadores, líderes, familias, directivos. Todos los que acompañan a otros en su camino.

Si trabajas con personas —en el deporte, en la empresa, en cualquier contexto donde el grupo importe— esta conversación es para ti.

Hoy, con todos nosotros, Guillermo Pérez.