Tu original tiene una voz bastante reconocible: empiezas con una afirmación cotidiana y absurda, la estiras deliberadamente, introduces una comparación que no viene a cuento, vas construyendo una metáfora cada vez más disparatada y solo al final revelas que en realidad estás hablando de gestión. No buscas frases brillantes; buscas que el lector vaya entrando en la historia casi sin darse cuenta. Y hay algo importante: no quieres que el texto parezca escrito para LinkedIn. Quieres que parezca escrito por una persona que tiene algo que contar y que, de paso, se está riendo de lo que está contando.
Así que esta vez no voy a reescribirlo. Voy a hacer exactamente lo que pediste con «topoto»: corregir y pulir tu texto sin cambiar tu voz.
Dicen que el mejor amigo del hombre, o de la especie humana, es el perro. Te protege cuando alguien te intenta atacar, te trae el periódico y también las zapatillas, se acurruca a tu lado, viene cuando le llamas y mueve la cola cuando vuelves a casa. Sin duda, una maravilla de la naturaleza comparado con los gatos, que, más allá de ser ariscos, irascibles y poco sociables, no aportan demasiado al día a día hogareño de las personas.
Pero he de reconocer que no es cierto. Este no es el mejor amigo del hombre. Hay otra especie que gana por goleada en esta competición por ser el mejor, o, mejor dicho, en la lista de los tres mejores amigos de señores y señoras. Esta especie es poco consciente de su propia existencia y de cuál es su rol en el escalafón de la especie humana hasta que la Parca, metáfora sutil, le cita para una reunión sin importancia.
Son una especie que asiente sin dar demasiadas vueltas, confía en el criterio de terceros y acepta tareas sin saber su alcance, sin ser consciente de que no tiene la autoridad para conseguirlas y, por si fuera poco, tampoco tiene los recursos para finalizarlas. Estas tareas que se le encargan son las que a nadie le interesan, las que dan poco prestigio y, sobre todo, están poco financiadas.
Estas personas, por su afán de cumplir lo mandado, de seguir la escala de mando, acaban hundidas en proyectos que tarde o temprano van a fracasar y cuyos responsables harán todo lo posible, a base de dejadez, estructuras matriciales y despistes varios, para que, cuando todo se precipite en un final de profecía autocumplida, sea ofrecido como sacrificio ante la directiva a manos del mando medio del que antes era considerado no solo su jefe, sino su amigo.
Esta especie es víctima de los sistemas de gestión porque, si en verdad la gerencia se interesara por su empresa, no podrían ocurrir estos casos, ya que una mínima investigación dejaría claro que no ha sido culpa del último eslabón, sino de la dejadez de los mandos superiores, que acaban como suelen acabar: despidiendo al pobre Juan Don Nadie y promocionando a su jefe por el esfuerzo de reconducir un problema que él mismo ha creado.
Y aquí es donde uno empieza a preguntarse si realmente estamos hablando de una mala gestión, de una cultura organizativa basada en buscar responsables o, simplemente, de una forma bastante eficiente de proteger a quienes tienen más capacidad de decisión que de asumir las consecuencias de sus decisiones.
Porque cuando una organización necesita encontrar a alguien a quien echarle la culpa cada vez que algo sale mal, probablemente el problema no esté únicamente en la persona que ha ejecutado la última parte del proceso. Quizás habría que mirar un poco más arriba, aunque eso siempre resulta bastante más incómodo cuando quien tiene que mirar también forma parte de la cadena de decisiones.
Por esto, por esta razón tan sencilla, el mejor amigo del hombre, sobre todo si estás en puestos de gestión, es el chivo expiatorio.