«Están verdes», dijo la zorra; «para un martillo, todos son clavos»; «no juzgues a un pez por su capacidad de trepar a un árbol»; «no hay peor sordo que el que no quiere escuchar». Tenemos un repositorio realmente extenso para la idea de que tendemos a ver el mundo con unas estructuras rígidas de las cuales es muy difícil desprenderse. A veces me viene a la memoria mi hermano cuando intentaba explicarme algo y su frase era: «No entiendo cómo no lo entiendes», porque en su construcción de la realidad era incapaz de entender mis procesos. Pero, irónicamente, le encantaban mis resultados cuando le resolvía el problema que me planteaba y él no encontraba la salida.

Con el talento ocurre lo mismo: lo hemos dibujado con nuestros pinceles, buscando un retrato prefabricado que no encaja con la realidad, y por esta razón nos pasa por delante sin que nos hayamos dado cuenta. Cientos, si no miles, de oportunidades de negocio desperdiciadas por no saber verlas. Y no es solo una impresión: en un estudio de Gallup con más de 7.000 trabajadores, la mitad reconocía haber dejado alguna vez un trabajo para alejarse de su responsable. Personas que, para florecer, han tenido que cambiar de entorno porque su responsable era incapaz de ver su talento y, por lo tanto, lo sometía a un criterio que cada vez lo hacía más pequeño, convirtiendo el talento en pasajero de Caronte, cruzando la laguna Estigia de la indiferencia.

Así que la actitud que has de tener como responsable de personas, ya sea en la escuela, en la cancha o en la sala de reuniones, es no mantener en tu mente la foto fija de cómo están ahora mismo y ser capaz de ver el universo de posibilidades que existen si conoces sus virtudes y, sobre todo, sus potencialidades.

Para detectar el talento, lo primero que tenemos que hacer es ver cómo trabaja cada persona en situaciones de presión. Todos sabemos funcionar en situaciones modeladas y perfectas, pero el talento se ve en cómo surge en esos momentos en los que hay que ejecutar, cuando no todo está de nuestro lado y la presión nos aprieta. En ese momento vemos que los que no creíamos líderes emergen del fondo de la sala asumiendo el control.

Lo viví en ICTnet. Había personas escondidas detrás de otras, que se hacían pequeñas para no quitarles la luz. A una de ellas me costó verla, porque nunca levantaba la mano. Pero en uno de esos momentos en que todo salió torcido y el equipo se quedó sin ideas, ella ofreció la solución que todos estábamos esperando. Quizás fue un golpe de suerte, pero funcionó y confirmó lo que sus compañeros ya sabían y para mí estaba oculto: era la líder de ese squad. A base de crear una relación de confianza y de enfrentarla a un entrenamiento de pequeños retos, fue creciendo, y hoy es una de las líderes de proyecto con más recorrido que conozco.

Eso sí, quienes están al fondo de la sala solo dan el paso si saben que equivocarse no les va a costar la cabeza. Ser líder implica tener inteligencia emocional y social, y quien la tiene sabe leer el entorno: si algo sale mal, se buscará un chivo expiatorio y, como todos podemos entender, nadie se va a ofrecer voluntario.

Y, si me permites la osadía, el talento se esconde porque no confía en sí mismo. Tiene miedo a expresarse porque el miedo al error es más alto que la satisfacción del acierto. La cultura de muchas empresas incentiva esta situación, y el talento que tenemos escondido o bien se pierde, o bien solo florece cuando le dan el contexto para crecer.

Aquí volvemos a lo que contaba en el post sobre el bucle del miedo: crear contextos de seguridad, mejorar cómo afrontamos el error, convertirlo en una oportunidad de mejora y, por supuesto, tener los ojos abiertos. Es la base de lo que trabajamos con el Método Ona. Si te das cuenta, hay equipos que rinden mejor que otros en función de la combinación. Esto lo vemos todos los días en el mundo del deporte como bien saben los expertos en alto rendimiento, donde la analítica nos indica qué combinaciones tienen mejores resultados y cuál es el nodo que hace que todos suban su capacidad. Ese, ese es el líder. Porque el contexto es lo que hace florecer al líder y permite detectarlo. Es el grupo el que nombra al líder, y no es solo una intuición: la psicología social lo lleva décadas estudiando. Como explican Haslam y Reicher, el liderazgo nunca va solo de líderes, sino de la capacidad de alguien para representar ese “nosotros” que el grupo reconoce como propio. Un líder se sustenta en su grupo; a quien solo lo sustenta un título en una tarjeta de visita le corresponde otro nombre.

Te propongo un ejercicio para esta semana: elige a una persona de tu equipo de la que creas que ya lo sabes todo y pregúntate qué no estás viendo. Ponla en una situación nueva, dale margen para equivocarse y observa qué pasa. Y si en algún momento te descubres pensando «no entiendo cómo no lo entiendes», quizá el que no está entendiendo eres tú.

Y si quieres dar un paso más y que te acompañemos a descubrir y hacer crecer el talento que ya tienes en tu equipo, escríbenos. Ese es justo nuestro trabajo.