Temporada 7 · Episodio 2 · Capítulo 300
Hay conversaciones que empiezan con un café a media tarde y terminan removiéndote por dentro. La que tuve con Eduardo Torrecillas fue una de ellas. Llegó al podcast con la tranquilidad de quien ha recorrido un camino largo y poco habitual, y se fue dejándome una pregunta que todavía no me he quitado de la cabeza: ¿cuántos chavales se nos han quedado por el camino porque el sistema no supo ajustarse a ellos, en lugar de al revés?
La historia de Edu merece contarse despacio. Barcelonés, inquieto desde pequeño, repitió curso dos veces y dejó los estudios con apenas dieciséis años. Lo que sí tenía era el deporte. El fútbol americano le dio lo que las aulas no supieron darle: sacrificio, resiliencia, sentido de equipo. Jugó en España, se marchó a Francia, después a Finlandia, y en algún momento decidió que si quería entender de verdad aquel deporte tenía que ir a la fuente. Un amigo le abrió la puerta de una universidad en Estados Unidos que lo aceptó de forma condicional: si aprobaba el primer semestre, seguía. Aprobó. Y de aquel chico que había abandonado el instituto salieron dos carreras, un máster en fisiología del ejercicio, una etapa como entrenador que pasó por los San Diego Chargers de la NFL, años como profesor universitario y un doctorado en liderazgo educativo. Hoy es jefe de estudios e innovación en un colegio internacional. Cuando le pregunté qué le hizo volver a estudiar, la respuesta fue tan sencilla como reveladora: alguien le dio una oportunidad con unas reglas claras, y él tenía algo por lo que merecía la pena pelear.
Escuchándole pensé en cuántas veces confundimos inquietud con falta de capacidad. Edu lo explica desde su propia experiencia. Hay niños que necesitan moverse, que necesitan estímulos, y les pedimos que pasen horas sentados prestando una atención que ni los adultos somos capaces de sostener. Él mismo reconoce que, en las reuniones del equipo directivo, a la media hora ya le baila la pierna. Su respuesta en el aula es práctica: pactos de atención por bloques cortos, momentos para levantarse y jugar, un rato para que los alumnos hablen, algo de humor. No es rebajar la exigencia, es diseñar la experiencia para que aprender sea posible. Es la misma idea que me llevó a escribir que lo que un niño recuerda no es el ejercicio, es el ritual.
A partir de ahí la conversación se fue a donde a mí más me interesa, que es el vínculo. Edu lo dijo con una frase que me voy a llevar a cada formación que dé a partir de ahora: no importa tanto cuánto sé yo, sino cuánto eres capaz de absorber tú. Puedes ser el mayor experto del mundo en tu materia, pero si lo que proyectas se queda flotando en el aire y nadie lo recibe, ese conocimiento está perdido. Por eso, antes de enseñar nada, él construye relación. Primero conectar, luego enseñar. Lo he vivido en vestuarios, en salas de reuniones y liderando equipos repartidos por medio mundo, y es algo que defiendo desde hace tiempo: el setenta por ciento del éxito no está en la técnica, está en la relación. Cuando entrenaba básquet podía pasarme meses enseñando cultura deportiva antes que táctica: saludar, despedirse, respetar. Edu hace lo mismo en clase. Mirar a los ojos, respetar el turno, dar los buenos días. Los valores no son un complemento del temario, son el terreno donde el temario puede crecer.
Hablamos también de algo que cualquier persona que lidere equipos debería tener grabado. Edu no entiende que se defina a un alumno por un número. Un suspenso en matemáticas no dice nada del niño que dibuja de maravilla, que empatiza con todos o que convence a cualquiera con cuatro palabras bien dichas. Confundimos el resultado con la persona, y eso pasa en el colegio, en el deporte y en la empresa. Medimos a todo el mundo con la misma vara en lugar de medir a cada uno contra sí mismo, y luego nos sorprende que gestionar talento no sea estandarizar personas. Me contó cómo, en las competiciones de atletismo de sus hijos, siempre hay un niño que sabe que va a llegar el último y aun así compite hasta la línea. Esa es la actitud que le interesa. El resultado es secundario, lo que importa es la siguiente jugada, algo que conecta directamente con lo que el deporte le enseña a la empresa sobre el error.
Pero si tuviera que quedarme con un solo momento del episodio, sería cuando hablamos de los alumnos difíciles. Los que se levantan, los que contestan, los que la lían. Edu lo tiene clarísimo: esos son precisamente los que más nos necesitan. Es muy fácil acompañar al que va solo, al que estudia sin que nadie se lo pida. Donde un profesional marca de verdad la diferencia es con quien tiene una situación más compleja detrás. Y añadió una reflexión que me tocó de lleno como entrenador: el día que tu profesor o tu entrenador deja de estar encima de ti, ese día empieza el problema. Que alguien te corrija, que te pida que le mires cuando te habla, que te exija, no es algo personal. Es la prueba de que ve potencial en ti y no está dispuesto a dejarlo escapar. El silencio del que ya no te dice nada no es respeto, es abandono.
Hubo también momentos más duros. Le pregunté cómo se hace para no llevarse a casa las historias de los chavales, y su respuesta fue honesta: no se consigue del todo, porque empatizar tiene un precio. Me hizo pensar en una pregunta que me hice hace tiempo, ¿quién cuida de los maestros?, y en la falta de recursos humanos y de formación práctica con la que muchos docentes afrontan aulas de veinticinco alumnos con veinticinco realidades distintas. Edu defiende una idea que suscribo por completo: para criar a un niño hace falta una comunidad entera. No solo la familia, no solo la escuela, también el entrenador de la tarde y cada persona con la que el niño se cruza. Es exactamente lo que estamos intentando construir con Núria Fonts en Ona Mind, porque creemos que la inteligencia emocional no se enseña, se entrena, y que los profesores, que son quienes más horas pasan con los niños despiertos, necesitan herramientas para hacerlo. Y lo mismo vale para cualquier grupo humano. Como dice Edu, un equipo será tan extraordinario como cada uno de sus miembros quiera que sea. Si el equipo no funciona, la responsabilidad es de todos.
Me quedo con una sensación muy clara después de esta charla. Enseñar latín, ciencias naturales o fútbol americano es, en el fondo, lo mismo: usar una materia como vehículo para formar personas que el día de mañana aporten algo bueno a su entorno. Quien lidera un equipo, entrena a un grupo o forma a otros tiene exactamente esa responsabilidad. Y la pregunta incómoda es si estamos poniendo el foco en el temario o en la persona que tenemos delante.
Así que te lanzo un reto. Piensa en esa persona de tu equipo, de tu clase o de tu vestuario que más te cansa. La que más ruido hace, la que más te cuestiona. Y pregúntate si no será, precisamente, la que más te está necesitando. Luego escucha el episodio completo, porque hay mucho más de lo que cabe aquí, y cuéntame qué te ha removido a ti.
Hoy, con todos nosotros, Dr. Eduardo Torrecillas Sánchez.