Reconozco, padre, que he pecado. Muchas veces he caído en el error de traducir talento en resultados. Ver a una persona con una capacidad excepcional en un área concreta y querer desarrollarla hasta su máximo nivel. Quizás sea una habilidad técnica, quizás su capacidad para ver la solución más sencilla a un problema complejo o, simplemente, ese don que le permite ser el hilo que conecta a todo un grupo y lo mantiene cohesionado. Pero cuando lo ves, reconozco que en el pasado había buscado potenciarlo, conseguir que todo el talento que yo veía se desarrollara por completo, sin tener en cuenta variables menos pecuniarias, pero tan o más importantes, como lo que ellos pensaran.

El trabajo de un líder no es decidir dónde ni cómo ha de llegar una persona, sino crear las condiciones para que pueda descubrir dónde y hasta dónde quiere llegar.

Detectar el talento de una persona no nos da derecho a decidir qué debe hacer con él. Durante mucho tiempo confundí ambas cosas. Si veía una capacidad excepcional, entendía que mi responsabilidad era desarrollarla al máximo. El problema es que identificar correctamente el talento no significa conocer qué quiere hacer una persona con él. Puedes ver una oportunidad de crecimiento que para ti resulta evidente y, sin embargo, estar completamente equivocado sobre el camino que esa persona quiere recorrer.

Yo veía en esa persona una capacidad excepcional para encontrar el camino más simple dentro del caos. Por esa razón, me esforcé en darle no solo retos en esa dirección, sino también la formación necesaria para que pudiera desarrollar todavía más esa capacidad.

Pero cuando finalmente nos sentamos y hablamos, algo se removió dentro de mí. Había decidido el futuro de una persona sin consultarla. La había sometido a un proceso de desarrollo que ella no quería. Su objetivo era completamente distinto. Había aceptado porque yo era su jefe, pero nunca le había motivado especialmente desarrollar aquella capacidad que yo consideraba tan valiosa.

Lo que realmente le motivaba estaba en otro lugar: colaborar con ONG, estar en la calle, trabajar directamente con personas y ayudar de una forma mucho más cercana. Yo había visto correctamente su talento, pero había interpretado que saber hacer algo significaba querer dedicar tu vida a hacerlo. Y ahí estaba mi error.

Una persona puede tener talento, capacidad y oportunidades, pero si no siente el objetivo como algo elegido libremente, como algo suyo que realmente desea y no como una imposición, difícilmente habrá verdadera motivación. Esta es una de las razones por las que las habilidades blandas, como la comunicación y la empatía, son cada vez más importantes en una sociedad del conocimiento. No basta con el “porque yo lo digo”. He de sentir como mía la elección y ser el capitán de mi propio barco.

Esto es especialmente importante en los procesos de transformación digital. Podemos cambiar sistemas, implantar herramientas, rediseñar procesos y medir nuevos KPI, pero si las personas no entienden el cambio, no participan en él y no sienten que tienen un papel propio en ese proceso, difícilmente habrá una transformación real. La tecnología puede cambiar una organización; las personas son las que consiguen transformarla.

No es nuestra misión definir el marco de valores y su pirámide particular. Para unos, el éxito es tener un sueldo de más de cinco cifras; para otros, tener tiempo libre; y quizás para algunos, tener una persona con la que poder compartir este trocito de tiempo que nos toca ocupar. Son diferentes y son todas válidas. No voy a ser inocente: entiendo que algunas proporcionan ciertas ventajas financieras que ayudan, pero yo no cambiaría esos cinco minutos con la persona con la que dibujas la vida a cambio de un bonus.

No todo el mundo quiere ser el centro de atención. A veces, ver brillar un proyecto desde los bastidores es su propia recompensa.

Este aprendizaje, que imponer es imponer por mucho que lo llames desarrollo, es algo que sé que ha quedado conmigo y me ha permitido perdonarme a mí mismo por no cumplir todas las profecías que me señalaban y ser una persona más equilibrada y conectada con lo que realmente buscaba.

Podemos abrir ante sus ojos el campo donde puedan explorar sus talentos, esa zona donde una persona crece de forma constante sin caer en el aburrimiento o la ansiedad. Pero si ese ámbito no le llena, por mucho que definamos el proceso de forma perfecta, este estado de flow no se conseguirá.

Otra cuestión es que estemos ante una persona que no confía en sí misma, que no tiene la seguridad de conseguir todo lo que está a su alcance, pero que, por miedo, bloqueos e inseguridades, prefiere renunciar a exponer sus capacidades ante la realidad y escoger un camino que le exige menos y que sabe que podrá cumplir sin mayor esfuerzo. Aquí la situación es distinta y aquí el maestro, el líder, ha de ser capaz de inyectar esa confianza, ese espacio seguro, como hacemos con nuestro método Ona Mind, para crear autoconfianza y seguridad, y conseguir que se quite de encima esas restricciones autoimpuestas.

Con lo que nuestro objetivo, como decía en una presentación que di en la UOC, no es decir cómo han de crecer nuestros grupos, sino quitarles obstáculos para que lo hagan. Ayudar a crecer debería ser el objetivo: servir a un grupo para un objetivo mayor que nosotros mismos. Ser el agua que riega la motivación de nuestros equipos y ser el jardinero que poda los obstáculos para que ellos crezcan todo lo que puedan.

Y quizá por eso creo tanto en el trabajo de los coaches. Porque acompañar a una persona no consiste en decirle quién tiene que ser, sino en ayudarla a descubrir qué quiere, qué le está frenando y hasta dónde quiere llegar. En esto tengo la suerte de compartir proyecto y aprendizaje con Núria Fonts, cuyo trabajo como coach está muy vinculado precisamente a acompañar procesos de desarrollo, liderazgo y equipos. No siempre necesitamos que alguien nos diga qué hacer; muchas veces necesitamos a alguien que nos haga las preguntas adecuadas, que nos ayude a ver aquello que solos no vemos y que nos acompañe cuando aparecen las dudas.

Si estás liderando un equipo, acompañando a personas o simplemente intentando entender mejor cómo desarrollar tu propio potencial y quieres profundizar en todo esto, estaré encantado de ayudarte. Puedes escribirme y hablamos. Quizás no tenga la respuesta que buscas, pero sí puedo ayudarte a encontrar mejores preguntas y, sobre todo, a quitar algunos obstáculos del camino.