Preparo el post y el paquete para redes del episodio con Eva Castel; primero reviso tus pautas editoriales y busco artículos de tatxe.org relacionados.

Tatxe · Temporada 7 · Episodio 5 · Capítulo 303

Lo primero que quitamos es lo que más necesitan

Hay una escena que se repite en muchas casas al final de cada trimestre. Llegan las notas, no son las que se esperaban y la familia toma una decisión que parece sensata: hasta que no mejoren, nada de baloncesto. Curiosamente, nadie toca la academia de inglés ni las clases de música. Lo que desaparece es el deporte. Eva Castel, maestra de educación física en un colegio rural agrupado cerca de Monzón y entrenadora de baloncesto desde hace muchos años, lo describió en el podcast con una serenidad que desarma. Dentro de cinco años esos chavales tendrán un certificado de idiomas o de conservatorio, pero nadie les dará un título por haber aprendido a perder, a convivir con un grupo o a aceptar sus propios límites. Y, sin embargo, es justo eso lo que van a usar cada día de su vida.

Eva sabe de lo que habla porque ha estado en todos los lados de la pista. Se formó en todas las categorías del Club Baloncesto Monzón, jugó una década en su equipo sénior, disputó cuatro fases de ascenso y siguió compitiendo en Barbastro y en torneos de veteranas. Hoy entrena equipos de formación, impulsó la creación de un club de minibasket en los colegios de su ciudad, promueve la participación femenina y ejerce de seleccionadora provincial. La Federación Aragonesa le rindió homenaje por su trayectoria y recibió el Premio Mujer y Deporte. Pero en nuestra conversación no habló desde el palmarés, habló desde lo que ve cada tarde en el pabellón y cada mañana en el aula.

Una de las primeras ideas que puso sobre la mesa fue el lugar que ocupa la educación física en la escuela. En infantil la psicomotricidad está muy valorada, pero a medida que los niños crecen se priorizan otras áreas, las que parecen más útiles para el futuro. Le planteé algo que me ronda desde hace tiempo: tenemos un modelo educativo que pide a un niño de diez o doce años que permanezca sentado y atento durante horas, algo que a muchos adultos nos costaría. En su centro trabajan un programa de neuromotricidad con descansos activos: se para la clase, el grupo se mueve y se vuelve a la tarea con otra cabeza. Es lo mismo que nos pasa a nosotros cuando llevamos todo el día encerrados y salimos a caminar. Volvemos con otra perspectiva. Ya escribí sobre esta relación entre cuerpo y mente en mens sana in corpore sano, y cada conversación como esta me confirma que no es una frase hecha.

La paradoja aparece cuando cruzamos esa realidad con el mundo laboral. Las empresas piden inteligencia emocional, capacidad de comunicar, liderazgo y trabajo en equipo. Son exactamente las competencias que un adolescente entrena en un vestuario: ganar sin humillar, perder sin hundirse, aceptar un rol, convivir con compañeras que no ha elegido. Lo he visto liderando equipos en la empresa y en la cancha, y por eso me pregunto a menudo qué pasaría si la inteligencia emocional no se enseñara, sino que se entrenara. Eva tiene una jugadora que el año que viene hará la selectividad y ha decidido dejar el equipo para estudiar. Su respuesta fue la de una buena educadora: si no puedes venir todos los días, ven dos y juega los partidos, porque ese rato en el que no piensas en el examen también te ayuda a aprobarlo.

Hablamos también de algo que me preocupa especialmente: por qué tantas chicas abandonan el deporte en la adolescencia, justo cuando los chicos siguen. Eva no tiene una respuesta cerrada. Puede haber cambios hormonales, otros intereses, la presión social o simplemente un entorno que no las retiene. Lo que sí tiene claro es la consecuencia: faltan entrenadoras, faltan referentes en los banquillos y faltan modelos en los que una niña de doce años pueda verse reflejada. Su mensaje a las jugadoras fue directo y cariñoso a la vez: este también es vuestro sitio. Ya hablamos de la paciencia que exige formar talento en el baloncesto femenino con Víctor de Arana, y la mirada de Eva, desde un pueblo donde todas entrenan juntas, añade un matiz muy valioso.

Ese matiz es quizá el momento más honesto de la entrevista. En un club pequeño no hay equipos por niveles: cadetes muy buenas y otras que empiezan entrenan juntas, y la entrenadora tiene que equilibrar el grupo sin romperlo. Esta temporada crearon un equipo júnior porque varias jugadoras pedían más exigencia. Subió el nivel de los entrenamientos y algunas, que no llegaban, decidieron dejarlo. Y en la final provincial, un partido igualado, Eva jugó con quienes sabía que iban a sumar. Hubo enfados. ¿Jugar todas o ganar la final? Ella no esquiva la pregunta: cada jugadora tiene que saber lo que sabe hacer y mejorar desde ahí, y hay partidos que te dan margen para probar y otros que no. Cualquier directivo que haya tenido que elegir quién se sienta en la reunión con el gran cliente reconocerá ese dilema. Como suele recordar una experta en rendimiento con la que trabajo, el avance no es lineal, y gestionar esa presión sin quemar a la gente es parte del trabajo.

La conversación terminó donde terminan casi todas las buenas conversaciones sobre equipos: en la motivación. Eva confesó que en el instituto sacaba notas normales y que en la universidad, estudiando lo que le apasionaba, sus notas se dispararon. Por eso empieza cada temporada preguntando a sus jugadoras qué quieren mejorar y qué esperan del año. Negocia lo negociable, nunca los fundamentos, y convierte el trabajo físico en retos de equipo. Pero también dijo algo que muchos líderes preferirían no escuchar: la intensidad se puede trabajar, pero tiene que haber voluntad por parte de quien tiene que correr. Si no la hay, por mucho que grites, no habrá manera. Es la base de lo que hacemos con el Método Ona: no se trata de dar charlas, sino de entrenar las competencias emocionales de los adolescentes de forma progresiva, igual que se entrena un tiro.

Así que, antes de quitar el deporte como castigo, antes de dar por perdida a la jugadora que se va a los dieciséis o de pensar que la intensidad se consigue a gritos, vale la pena escuchar a quien lleva toda la vida en la pista y en el aula. Si eres familia, entrenador, educador o diriges un equipo y te reconoces en alguna de estas situaciones, escríbeme y lo hablamos. Y, sobre todo, dale al play: lo que cuenta Eva merece ser escuchado con su voz.

Hoy, con todos nosotros, Eva Castel.