Temporada 7 · Episodio 3 · Capítulo 301
De jefe a líder: primero el viento, después las olas
Hay frases que te obligan a parar. Oriol Cabane lleva una en su perfil de LinkedIn que suena casi a eslogan: «transformo jefes en líderes». Le pregunté si no era demasiado simple y me contó cómo llegó a ella: cada vez que alguien le preguntaba a qué se dedicaba, empezaba a soltar un rollo que nadie entendía. Necesitaba simplificar. Todo el mundo sabe lo que significa «jefe» y todo el mundo sabe lo que significa «líder», y la distancia entre esas dos palabras lo explica casi todo. Lo simple, al final, es lo que más cuesta encontrar.
Lo interesante llegó cuando le pedí que me explicara cómo lo hace. Oriol no trabaja en técnicas de delegación ni en métodos para motivar. Usó una imagen que me va a acompañar un tiempo: las olas no se pueden cambiar, pero el viento sí. Y el viento está dentro de cada uno. Para él, un líder es alguien que ha conseguido parar esta carrera que nos lleva a ir a mil por hora, que ha tomado conciencia de dónde está, de quién es y de qué le hace feliz, y que empieza a actuar desde ahí. Conecta directamente con algo que escribí hace un tiempo sobre el ego y el liderazgo: liderar empieza cuando lo importante deja de ser uno mismo, pero para llegar ahí primero hay que saber quién es ese «uno mismo».
Los resultados son una consecuencia
Le hice la pregunta de manual: ¿y los resultados? Oriol jugó con la palabra. Los resultados «resultan de». Son una consecuencia, y una consecuencia no se gestiona directamente: se gestiona la causa. Cuando una persona está bien consigo misma y siente que lo que hace tiene sentido, los resultados llegan como efecto, no como un objetivo perseguido a cualquier precio. Lo dice alguien que lo ha vivido desde dentro. Fue gerente de recursos humanos en Starbucks, un puesto que mucha gente envidiaba, en un entorno montado para que corras, decidas rápido y no pienses demasiado. Tenía todo lo que se supone que hay que tener. Y no era más feliz por ello.
Ahí apareció la vieja metáfora del malabarista con tres pelotas: tú, tu trabajo y tu familia. Para Oriol, el problema es que hemos puesto la pelota del trabajo en el centro, como si el puesto nos definiera, y eso no sale gratis. Ponerse a uno mismo en el centro no es egoísmo, es la condición para que lo demás funcione. Tiene cuatro hijos y lleva veinticinco años casado, y lo dice sin rodeos: si él está mejor, su relación con cada uno de ellos también lo estará.
Tampoco me compró el discurso fácil cuando saqué el choque generacional, mi generación de aguantar carros y carretas frente a los jóvenes que saltan de proyecto en proyecto. Ni tanto ni tan calvo. No existe la empresa perfecta, igual que no existe la familia perfecta, y cambiar a la primera dificultad pensando que fuera estará la solución es otra forma de huir. El problema está dentro, y por eso la solución también. Lo que decidas no está ni bien ni mal, pero tiene que ser coherente contigo. Y para eso hay una asignatura pendiente que ningún sistema educativo imparte: conocerse.
Cuando el suelo desaparece
El momento más intenso de la conversación fue cuando Oriol contó de dónde viene todo esto. No descubrió el Eneagrama como una herramienta más de coach, sino en el peor momento de su vida, tras acompañar a su padre durante años de enfermedad hasta su muerte. Hijo único, su padre era su pilar. Cuando se fue, todos sus mecanismos de defensa saltaron a la vez. Un amigo le ayudó a entender, a través del Eneagrama, por qué actuaba como actuaba. No para ponerse una etiqueta, insiste, sino para ver desde qué miedo reaccionaba. Me tocó de cerca, porque yo también pasé por un proceso parecido, y lo que cambió después fue exactamente lo mismo: las decisiones empezaron a ser mucho más coherentes conmigo. Es la brecha entre lo que crees ser y lo que realmente eres, y a veces solo se cierra cuando tocas fondo.
Hubo un detalle que me encantó. Oriol le puso nombre a esa vocecita interior que no para de hablar, de anticipar desastres, de convencerte de que acabarás debajo de un puente. Ponerle nombre le recuerda que esos pensamientos no son él; él es quien los escucha. No dice que ya no caiga en la paranoia, dice que ahora se da cuenta antes. Es lo mismo que veo en el deporte: dejas de jugar como sabes cuando empiezas a jugar como temes.
No copies al líder del escaparate
¿El liderazgo se nace o se entrena? Se entrena, al cien por cien. Pero con un matiz que me parece fundamental: no se trata de imitar al líder que admiras. Si copias, serás una versión mediocre del original. Hay líderes que brillan hablando en grupo y otros que son brutales en el uno a uno, y hay quien no destaca en ninguno de los dos pero mueve las piezas como nadie. Si no eres el centrocampista que distribuye el juego, búscalo en tu equipo. Un equipo no es gente que saca un diez en todo, es gente distinta colocada en el lugar que le toca, algo que defiendo en gestionar talento no es estandarizar personas y en no renuncies a lo que eres. Además, solo lo sostenible da resultados sostenibles: si lideras disfrazado de otro, al tercer día abandonas.
Sobre la motivación fue igual de directo. No cree en motivar a nadie desde fuera. Si tienes que motivar a alguien cada tres meses, hay un problema de raíz que la motivación solo disfraza, y además generas dependencia. Lo que sí hace un líder es provocar conversaciones incómodas, preguntas que obligan a cada uno a responderse desde otro lugar. Por eso tampoco cree que el compromiso se compre solo con dinero, como exploré en subir sueldos no retiene talento.
Transformar rojos en verdes
Oriol resume su propósito en una expresión: transformar rojos en verdes, entornos tóxicos en entornos colaborativos, porque está convencido de que lo que vivimos en el trabajo acaba en nuestra salud. Y lo baja a tierra: en sus proyectos pide medir indicadores que van directos al balance, como el absentismo o la rotación. Con una condición: que nadie espere resultados de un taller de dos horas. Es como pagar el gimnasio sin ir. Por eso su servicio incluye siempre horas de coaching individual de seguimiento, y si una empresa solo quiere marcar la casilla de formación, prefiere que busque otro consultor.
Salí de la conversación pensando en los chavales. Hablamos de adolescentes que se refugian en el móvil porque en casa nadie los escucha, de lo que vale una comida en familia sin pantallas, de hijos que merecen información y no silencio. Esos niños son los que un día llegan a la empresa. Es exactamente lo que estamos construyendo con Núria Fonts en Ona Mind: que la gente llegue a adulta conociéndose. Y es la misma razón por la que creo que formar a los líderes importa más que formar al equipo.
En el episodio hay mucho más: su mirada sobre Latinoamérica y las raíces que en Europa hemos ido tapando, cómo gestiona el móvil con sus cuatro hijos, o por qué en su casa no se ven las noticias. Escúchalo entero y hazte la pregunta con la que me quedé yo: ¿desde dónde estás liderando hoy, desde el viento o desde las olas?
Hoy, con todos nosotros, Oriol Cabane.