Tatxe · Temporada 7 · Episodio 6 · Capítulo 305
Fui a la conversación con Alejo García-Naveira con un prejuicio: un psicólogo que pasó diecisiete años en el Atlético de Madrid, del 2000 al 2017, tenía que saber mucho de sufrir. Como buen catalán, me quejo por todo, y pensé que encontraría en él un compañero de lamentos. Me equivoqué. Lo primero que me contó fue que, desde el club, se trabajó para cambiar la imagen del «pupas» por la del eterno retador, alguien que lucha por una meta aunque no siempre la alcance, como pasa en la vida misma. Ahí entendí que la charla no iba de fútbol, sino de cómo nos contamos lo que nos pasa.
Alejo es psicólogo del deporte con más de veinticinco años de experiencia, ha trabajado con el Atleti, con la Federación Española de Atletismo y con equipos de deportes electrónicos, y es autor de Gestiona tu adrenalina. Pero lo que más me interesó no fue su currículum, fue su manera de mirar a las personas que hay detrás de cada camiseta. Cuando le pregunté cómo se retiene a un jugador cuando otro club le ofrece el doble, me respondió que el dinero importa, pero no lo explica todo. Ha visto jugadores renunciar a parte de su sueldo para estar en un proyecto con el que se identifican, donde tienen su espacio y pueden crecer. Y añadió algo que cualquier director de recursos humanos debería tatuarse: cuando todo se sujeta con motivación externa, el resultado y el dinero, se pierde el deseo de jugar. Una parte de su trabajo consiste, literalmente, en ayudar al deportista a reconectar con el disfrute. Es la misma idea que exploraba en el triángulo del rendimiento: cuando medimos lo que somos solo por los objetivos cumplidos, algo se rompe.
Uno de los momentos más honestos llegó al hablar de las familias que sueñan con ver a su hijo en la élite. Alejo no endulza la realidad: según su experiencia, llegar es estadísticamente muy improbable, incluso para quienes ya están en una cantera de primer nivel. Se lo dice a los chicos y a sus padres desde el minuto cero. Y, a la vez, les dice que si quieren perseguir su sueño, el único camino es el esfuerzo, la disciplina y un club que les cuide. Pero que alimenten también la familia, los amigos, los estudios y el ocio, para que su identidad no dependa solo del deporte. Me recordó a lo que escribíamos en No soy mi resultado: un número nunca debería definir a una persona. Además, insiste en que cada uno tiene su ritmo. Ha visto chavales por los que nadie daba un duro dar el estirón con dieciséis años, e internacionales de catorce desaparecer al poco tiempo. Un niño nacido en enero y otro en diciembre juegan en la misma categoría, pero no están en el mismo momento madurativo. Confundir ventaja física con talento es uno de los errores más caros del deporte base.
Ahí entramos en el terreno que más me toca como entrenador: la formación de quienes dirigen a estos chicos. Alejo coincide con algo que escucho a menudo: la psicología que se enseña en los cursos de entrenador no basta, y cada uno gestiona grupos con lo que la vida le ha dado. Para él, el mejor entrenador de formación no es el que hace el ejercicio técnico más brillante, sino un educador. Distingue entre quien entrena a jóvenes por vocación y quien lo usa como trampolín hacia el mundo profesional, y asegura que la diferencia se nota enseguida. Habló de crear climas motivacionales orientados a la tarea, donde cada jugador conoce sus fortalezas, su margen de mejora y su rol, y donde se le da autonomía para crecer. Es lo que en la empresa llamamos detectar el talento que no ves: el que no es el mejor con el balón puede ser quien sostiene al grupo.
Con los padres, Alejo hizo algo que me pareció valiente: empezar por él mismo. Contó que, cuando su hijo mayor tenía cinco años, alguien grabó un partido y, al ver el vídeo, se descubrió pegado a la línea, demasiado metido. A partir de ahí dio un paso atrás. Para él, el papel de la familia es acompañar, escuchar y asegurarse de que el chaval disfruta y está en un buen lugar, no dar instrucciones desde la grada. Pero no carga toda la culpa sobre los padres: los clubes también tienen responsabilidad. Un equipo con veinticinco fichas deja a muchos chicos sin convocar cada semana. Por eso defiende repartos de minutos por categoría, más equitativos en infantiles y más exigentes a medida que crecen, porque nadie sabe todavía quién va a madurar cuándo. Es una decisión que conecté con la conversación que tuve con Eva Castel: dar minutos a todas o jugar para ganar. Y propone escuelas de padres y normas claras, porque una conducta que no tiene consecuencias se mantiene.
Cuando le pregunté cómo enseñamos a los adolescentes a gestionar la presión, citó una idea que aprendió en el Atleti: buscamos deportistas competitivos para el deporte y competentes para la vida. La resiliencia, me dijo, no se desarrolla en un mar de rosas, sino afrontando dificultades. Pero hay que dar herramientas: gestionar emociones y pensamientos, planificar el tiempo, descansar de verdad. Y recordó que en la adolescencia el cerebro todavía está construyendo las funciones ejecutivas, por eso les cuesta tanto la concentración, la constancia o fijarse objetivos. No es pereza, es la edad. Insistió mucho en el sueño, en dormir al menos ocho horas y dejar el móvil un rato antes de acostarse y después de levantarse. Es exactamente la línea que trabajamos con el entrenamiento mental para adolescentes, y que una experta en rendimiento y presión como Núria resume muy bien: no siempre hay que apretar más.
Hubo un momento que me hizo pensar en tantas organizaciones. Alejo trabajó en deportes electrónicos y con creadores de contenido, y vio cómo personas que jugaban o grababan por placer se apagaban cuando aquello se convertía en horario, obligación y contrato. Pasar del ocio al trabajo es una pequeña muerte motivacional. Los que salen adelante son los que consiguen juntar las tres piezas: es un trabajo, me pagan y disfruto. Lo mismo sucede en la transición de júnior a sénior, cuando de repente compartes vestuario con gente de treinta años, con otras jerarquías y otras conversaciones. Ese salto necesita estructura y acompañamiento, igual que la primera promoción de alguien en la empresa.
Terminamos con la pregunta incómoda: ¿cómo lleva un psicólogo deportivo tener hijos deportistas? Su respuesta fue humilde. Se ha equivocado y ha rectificado. Lo mejor que hizo fue ponerles un psicólogo y dar un paso al lado, y él mismo tiene su psicóloga para revisar su vínculo con ellos. Todos tenemos puntos ciegos, dijo. Me quedo con eso, y con su agradecimiento a mi insistencia, que él defendió como un valor.
Si en tu equipo, tu club o tu empresa hay personas con talento que han dejado de disfrutar, o mandos que gestionan grupos solo con lo que la vida les ha enseñado, hablemos. He estado en ese sitio y sé que se puede hacer de otra manera.
Hoy, con todos nosotros, Alejo García-Naveira.