La gente sufre más por lo que podría ocurrir que por lo que realmente ocurre. Es una idea recurrente que explica cómo proyectamos el futuro. Nuestra mente, entrenada para protegernos, busca el peor escenario posible y, en vez de prepararnos, nos convence de evitarlo. Y cuanto más intentamos no pensar en el peor escenario posible, alimentamos de forma inconsciente el circuito neuronal —es decir, lo entrenamos— y, por este mismo entrenamiento, se activa con más rapidez y eficacia, cayendo en un bucle limitante que nos impide no solo superar nuestros miedos, sino crecer como personas.
La presión, en este contexto, es un estado de intensidad emocional sobre unas expectativas percibidas, ya sea de forma interna o externa, que creemos que hemos de cumplir.
Esta presión puede llegar a hacernos perder el rendimiento y, para no tener que vivenciar las emociones que se nos activan, intentamos evitar todas las situaciones que sean percibidas como un reto demasiado exigente. Recordemos que el cerebro busca nuestro bienestar, pero por el camino fácil, no por el que nos hace crecer como personas. Cada vez que evitamos una situación exigente, estamos entrenando el bajo rendimiento.
Pero la presión, o mejor dicho, la gestión de lo que percibimos como presión, se puede entrenar. Del mismo modo que nos entrenamos para correr una maratón o nos preparamos para unos exámenes, las habilidades de rendimiento pueden entrenarse.
Lo primero que hemos de interiorizar es que es la percepción de la realidad, no la realidad, lo que nos activa sentimientos negativos. Hemos de cambiar el concepto de amenaza ante situaciones de presión por la idea de oportunidad. Si eres un deportista y tienes el tiro libre decisivo, puedes pensar: “vaya presión” o “tengo esta oportunidad”. La situación no cambia, la interpretación sí.
Está claro que no podemos ir directamente de cero a cien; hay un proceso, como todo lo que vale la pena. Es un viaje personal desde la inexperiencia, mediante el entrenamiento y la observación, para llegar a ese punto de nuestra imaginación donde colgamos nuestros sueños. Nada ocurre por arte de magia y se han de trabajar técnicas de respiración, mindfulness, visualización y palabras clave que ayudan a regular la atención y la concentración.
En entornos de alto rendimiento, tanto en empresa como en deporte, hay un patrón claro: el rendimiento no depende de la situación, sino del nivel de entrenamiento previo: los principios que se aplican a las disciplinas deportivas son válidos para el resto de áreas de nuestra vida: se mejora con visualización, práctica repetida, observación, corrección y dificultad creciente. Y la gestión de la presión no se escapa de estos principios.
Hemos de crear patrones o rutinas que nos ayuden a entrar en foco. Cada uno ha de descubrir cuáles le van mejor: algunos escuchan música, otros repiten palabras clave… lo importante es encontrar aquello que te permita enfocar la mente en la tarea que se acerca.
En este proceso que hemos comenzado, es importante visualizar qué queremos conseguir. Tanto cuando sale bien —qué pasos hemos tomado— como, y esto es lo más importante, cuando no sale bien: qué podemos hacer para modificarlo. Hemos de visitar los dos escenarios, porque así iremos ya mentalmente preparados para reaccionar.
Ahora toca lanzarse a entrenar la situación. Si eres comercial, practicar tu discurso de venta; quizás hacer role playing. Si eres deportista, ese tiro libre del que hablábamos. Pero es importante entrenar de menos a más, colocarnos en situaciones en las que podamos alcanzar el objetivo y, paulatinamente, incrementar la dificultad. En el caso de un comercial, hablar con ruido de fondo o que en el role play el cliente sea muy agresivo. Incrementar dificultad y variabilidad serían dos claves. La clave es entrenar la técnica, la táctica y también el contexto.
Cuando hayamos acabado el entrenamiento, es muy importante repasar lo ocurrido: cómo nos hemos sentido, qué podemos aprender del proceso, dónde podemos mejorar, dónde vamos más justos. Esta parte, a día de hoy, es más sencilla: nos podemos grabar con el móvil y ver qué estamos haciendo. Como dato, sorprende la cantidad de gestos que hacemos y cómo no somos conscientes de ellos; vernos nos ayuda a ser más conscientes y es prueba irrefutable de cómo hemos actuado.
En este apartado quiero recordar un punto fundamental: no obsesionarse con el objetivo, sino con el proceso. Como he repetido en otros artículos, no somos mejores si ganamos ni peores si perdemos. Nuestro valor como persona no se ha de medir por la cantidad de éxitos. Sé que no es un concepto popular, pero hemos de desligarnos de esta creencia.
En entornos de grupo, el concepto de presión incorpora más variables que afectan de forma notable a cómo afrontamos estas situaciones. El grupo puede conseguir que nuestra tolerancia a la presión aumente, creando entornos seguros, de confianza y de apoyo mutuo, o bien borrando cualquier rastro de autoestima que pudiéramos tener si vivimos en un contexto tóxico donde la crítica es la moneda de cambio.
Como somos animales sociales y el grupo es parte de lo que define nuestra identidad, conseguir grupos positivos es trabajo del manager, del entrenador o del maestro. Se han de cortar de raíz envidias, comentarios diseñados para hacer daño y actitudes que bajen la autoestima. Un ejemplo es el de un jugador que falla un tiro y sus compañeros se llevan las manos a la cabeza: definitivamente, no ayuda.
Hemos de crear equipos donde todos se sientan parte de él, de su destino y de sus decisiones, y conocer cuál es el rol de cada uno. Que tengan interiorizado que todos harán el máximo de sus capacidades, que pueden confiar en el que está a su lado y que, juntos, como grupo, son mucho más grandes que como personas individuales.
Hemos de evitar situar al grupo en un exceso de presión constante. Hay que dar respiros, pausas y momentos de relajación. Formarlo, equiparlo y hacer que sientan —no solo que sepan— que son importantes como conjunto y como personas individuales. De lo contrario, un grupo de alto rendimiento puede acabar quemado mucho más rápido que cualquier otro.
En definitiva, la gestión de la presión no es un rasgo innato, es una habilidad que se entrena. El contexto importa, y el grupo puede ser tanto un amplificador del rendimiento como un freno si no se gestiona adecuadamente. Por eso, el papel del líder es clave: no se trata de eliminar la presión, sino de administrarla en el nivel adecuado para que el equipo pueda dar su máximo rendimiento sin romperse por el camino. Y, por encima de todo, entender que lo verdaderamente importante no es el resultado puntual, sino el proceso que nos permite sostener ese rendimiento en el tiempo y seguir creciendo.
La pregunta es sencilla: ¿estás entrenando tu gestión de la presión o simplemente reaccionando a ella? Empieza por diseñar situaciones controladas donde puedas exponerte, medir cómo respondes y ajustar tu forma de actuar. Porque el rendimiento no aparece el día que lo necesitas, se construye mucho antes.
Como he reza el titular, no compites como piensas, compites como entrenas.