El mundo del deporte tiene muchas conexiones con el mundo empresarial, según un estudio de Deloitte, el 69% de las mujeres en puestos de liderazgo senior practicaron deporte de competición y les sirvió para su desarrollo profesional. Por esta razón soy un defensor de que los niños practiquen deporte, sobre todo de equipo, para que puedan experimentar lo que se encontrarán cuando pasen a recibir una nómina o, si conseguimos cambiar la cultura, lanzarse a tener empleados.

Esta realidad se aplica también a los que van a ser directivos, y esta realidad la vivo constantemente con mi triple faceta de coordinador, entrenador y emprendedor. Entender las dinámicas de un deporte de equipo te prepara para lidiar con las realidades que te encontrarás en el mundo laboral.

Silencio se rueda

Es la primera señal de alerta, cuando tienes personas que no hablan y no interactúan, ni con el entrenador ni con sus compañeros. Es la alerta más importante que vas a tener.

A esto lo llamo silencio funcional: el equipo ejecuta, pero ha dejado de pensar en voz alta y de comunicarse. Y cuando eso ocurre, la esencia de lo que nos convierte en grupo desaparece. La primera señal que puedes detectar es que no te preguntan, no te hablan. Simplemente te escuchan e intentan ejecutar lo planteado. Lo normal es que tengan dudas, preguntas o no lo comprendan del todo, y en un ambiente sano, han de existir preguntas, de hecho el directivo ha de fomentarlas para explorar las dudas y corregir las malas interpretaciones. Si esto no ocurre, es que empieza a existir una desconexión entre liderazgo y grupo y esto es preocupante.

El directivo o el entrenador ha de buscar la comunicación, no a todos del mismo modo, pero sí con la misma carga emocional para todos. Cada uno en su formato, contexto y rango, unos querrán que te intereses por su vida privada y otros por los temas técnicos. Pero has de sumar sus objetivos a los del grupo para estar alineados y no crear zonas opacas de comunicación.

Pero yo qué hago

Una de las sensaciones que más alejan a las personas del deporte y de cualquier entorno es no conocer cuál es tu rol. Es verdad que en el deporte de formación se intenta que no existan porque son jóvenes, pero nos podemos poner estupendos pero estos roles existen, está el líder natural, el líder técnico, el líder humano, etc.. y todos han de ser reconocidos por su aportación al grupo en su forma justa y cabal.

Estar en un grupo y no saber qué se aporta es la muerte de todo sentimiento endogrupo, creando resistencias, rebeldía y la automática reacción de subvertir la estructura para reclamar el rol que cree que tendría que tener. Esto lo vemos en el deporte, pero más claro en los grupos musicales, que por dos segundos más de foco muchos grupos se separan olvidando que lo que les hacía grande era la suma de todos.

El efecto contagio

El segundo paso inevitable es que este silencio se empezará a romper, los silenciosos se empezarán a agrupar, creando estructuras que no van a facilitar el trabajo diario. Comentarios, susurros, que cambiarán no solo la dinámica, sino el ánimo general.

Esto puede acabar con vestuarios divididos y rotos, rompiendo toda la posibilidad de competir por nada, y tirando por el suelo la capacidad que tenía el grupo de conseguir todos sus objetivos.

No es plato de buen gusto para nadie, pero estos momentos necesitan más acción que rumiación. Ver cómo se extiende el malestar o cómo se parte el vestuario requiere una decisión directa e inmediata. En mi experiencia como entrenador, lo primero es sentarse individualmente con cada afectado antes de reunirlos como grupo. Escuchar con agenda, creando un espacio de seguridad donde se sientan cómodos para expresarse sin ser juzgados. Después, buscar compromisos concretos, lo que ahora llamarían SMART, specific, measurable, achievable, relevant y time-bound. Y trabajar sobre esta estructura para sumar, poco a poco, de forma constante a todos en la boga hacia el objetivo.

Si quieres entender por qué los datos tampoco te salvan cuando el equipo no funciona, lee esto: Por qué tus KPIs mienten, y no es culpa del software

¿Para qué me habéis fichado?

Esto no ocurre cuando eres un club social, porque vas subiendo con los demás, pero los de rendimiento y empresas, la pregunta está clara. ¿Para qué? A veces se ficha porque tiene estadísticas estupendas o un rendimiento extraordinario, pero la cultura no es la misma y la integración puede sufrir.

He visto profesionales extraordinarios pasar de entornos dinámicos a grandes estructuras acabar quemados y arrinconados porque no supieron realizar un proceso de acogida e integración, perdiendo la empresa su conocimiento y el trabajador su paciencia y confianza.

A veces no lo hacemos por miedo, porque si somos honestos no vendrían. Está claro que no todos pueden ser el número uno de un equipo, pero si antes de empezar dejamos claro para qué lo queremos con nosotros, puede que sea el mejor segundo jugador y nos ayude a conseguir títulos. Si lo fichamos diciendo que será la primera opción ofensiva y luego se da cuenta de que eso no va a ocurrir, el efecto quemará no solo al jugador, sino también a la credibilidad de la empresa.

Y si el problema es que no sabes cómo gestionar ese talento sin estandarizarlo, aquí tienes más: Gestionar talento no es estandarizar personas

Cuando se gana todo es más fácil

Una verdad que tendrían que enseñar en todos los cursos de formación para entrenador y en todos los cursos de dirección. Si los números salen, todo es maravilloso, todos somos amigos y nos vamos a hacer una barbacoa exaltando la amistad.

Ahora, imaginaros que perdéis todos los partidos, que los números no salen. Que un mal pase, un mal acuerdo, una mala decisión, uno que no se esfuerza otro que traspapelea. Esta circunstancia tensa el ambiente, y cualquier entrenador te lo asegurará, y rompe muchos equilibrios. Todos se miran unos a otros, dejamos de confiar en el compañero y buscamos culpables señalando al rival más débil. En estos contextos, el grupo se rompe, las facciones se alzan y nadie quiere asumir los resultados.

Estas verdades las he vivido como profesional y como entrenador. No siempre tenemos el equipo que queremos, no siempre tenemos todos los recursos que necesitamos y por supuesto, nuestro equipo no siempre tiene el entrenador que querría. Pero si estamos en esa posición, hemos de asegurarnos de que estamos todos alineados, que nadie es invisible, que todos tenemos un rol, y que todos damos lo que está en nuestra capacidad para conseguir objetivos y que no hay duda de que el resto de compañeros harán lo mismo.

Ball don’t lie. En el deporte, menos. Y en los equipos que funcionan, tampoco.

Si tu empresa invierte en tecnología, en procesos, en consultoras, y aun así los números no salen, antes de mirar las herramientas, mira al equipo. ¿Alguien no habla? ¿Alguien no sabe para qué está? ¿Alguien dejó de creer? La tecnología no gana partidos. Los equipos, sí. Y si quieres construir uno que funcione de verdad, hablemos.