En el post pasado hablé sobre el triángulo del rendimiento y hay un detalle que destacó Núria Fonts: que no siempre el avance es lineal, ni aritmético, ni constante. Cuando hablo de la motivación intrínseca, es un detalle que tendría que haber aclarado, y parte de este detalle es la temática del post.

Podemos trabajar duro y tener la sensación de que no avanzamos. Esto crea dos vectores: me esfuerzo más o desisto. Y, a veces, no es ninguno de los dos; solo hemos de aprender a darnos los tiempos necesarios, a comprender que no todo es lineal y, sobre todo y lo más importante, a no forzarnos más allá, a no castigarnos con que “no lo conseguimos porque no nos esforzamos lo suficiente”.

En muchas ocasiones es más inteligente darse dos horas de descanso, desconectar y que nuestra mente descanse antes de seguir dándonos cabezazos contra ese muro de hormigón. Al volver, quizás hayamos encontrado una manera más efectiva de seguir avanzando.

Y aquí aparece otro elemento que tenemos que saber gestionar: la presión. Poca presión conduce a la apatía y al aburrimiento y, en exceso, quema a la gente. Un estudio sobre presión y rendimiento en adolescentes deportistas analiza precisamente cómo diferentes niveles de presión pueden afectar al rendimiento y a la ansiedad. Puedes consultar el estudio aquí.

La Ley de Yerkes-Dodson plantea una relación entre activación y rendimiento en forma de U invertida: cuando aumenta la activación, el rendimiento puede mejorar hasta alcanzar un nivel óptimo, a partir del cual un aumento adicional de la activación puede hacer que el rendimiento disminuya.

Pero quedarnos en esta frase implica ignorar muchas señales. El proceso no es lineal; hay que conocer los principios de Kolb y sus cuatro etapas de aprendizaje. No se activan ni se utilizan los mismos principios al Sentir, Ver, Pensar y Hacer.

Yo, que soy más de números primos, soy partidario de tres fases: ver, decidir y hacer. Pero acepto que sentir es un verbo no solo precioso, sino que puede encapsular partes no conscientes que son fundamentales para las siguientes fases.

Y aquí es donde escuela, deporte y empresa empiezan a tener algo en común.

Me irritan mucho los entrenadores, profesores, directivos, academias y centros cuando se ponen medallas del estilo: “fabricamos líderes”, “creamos campeones”. Lo que nunca mencionan es el coste humano que tiene su filosofía. No miran cuántos se han quedado en el camino, solo al triunfador final.

Además, nunca nos cuentan el precio que se está pagando: depresión, abuso de sustancias, ansiedad, suicidios, etc. El sistema acaba valorando tanto el resultado final que el coste humano queda invisibilizado. El premio de poder decir que X porcentaje de altos directivos sale de sus aulas o que tal porcentaje de deportistas se ha formado en sus centros ocupa todo el PowerPoint, mientras que quienes se han quedado por el camino desaparecen de la estadística.

Y hablamos, en muchos casos, de adolescentes y niños que no tienen los recursos para gestionar esa presión y mucho menos para enfrentarse a sus tutores, maestros o padres, muchos de los cuales aplauden pensando que están haciendo un favor a sus hijos. La relación entre presión, ansiedad y rendimiento en adolescentes también ha sido estudiada en contextos deportivos. Aquí puedes consultar otro estudio sobre presión y rendimiento.

No hace falta irnos muy lejos para encontrar ejemplos en el mundo empresarial. Las Big Four llevan años siendo señaladas por sus largas jornadas laborales. Se han documentado jornadas habituales superiores a las 50 horas semanales, con picos que superan las 80 horas.

La justificación puede ser que así se aprende, que se adquiere experiencia o que se construye una carrera profesional. Pero ¿qué coste tiene ese aprendizaje? ¿Qué ocurre con la salud mental de quienes están sometidos durante años a esa presión?

Y hay otra pregunta que me parece todavía más interesante: ¿qué perfil psicológico tienen las personas que consiguen soportar esa presión, permanecer en esos entornos y progresar dentro de ellos? Porque quizá el sistema no solo esté formando profesionales; quizá también esté seleccionando qué tipo de personas son capaces de sobrevivir en él.

El coste humano de apretar sin límite es real y hay que nombrarlo.

Dice Jimmy Carr que los hijos de la gente adinerada son todos desgraciados porque viven bajo la constante presión de mantener el estatus de la familia.

De hecho, existen escuelas que se posicionan con esta función, postulándose como la base de la escalera hacia las universidades de élite. Hay padres que buscan precisamente ese recorrido y escuelas que responden a esa demanda, generando una red en la que educación, estatus, contactos y oportunidades se retroalimentan. Una investigación sobre las llamadas feeder schools en Estados Unidos muestra precisamente cómo determinados centros mantienen relaciones especialmente fuertes con universidades altamente selectivas y cómo esas relaciones están sobrerrepresentadas entre centros con alumnado de mayor nivel socioeconómico. Puedes consultar el análisis de Forbes aquí.

Me gustaría saber de algún estudio que lo mire en las clases bajas.

La educación ha sido durante mucho tiempo el ascensor que permitía subir de clase social. Ahora ese ascensor está averiado y la educación pública y concertada no siempre parece estar cumpliendo una de sus funciones fundamentales: permitir que el talento oculto pueda desarrollarse y que una persona tenga un futuro diferente al que le habría correspondido por su cuna, independientemente de su capacidad, su esfuerzo, su intelecto o cualquier otra característica.

Y esto no es solamente una sensación. La OCDE ha estudiado recientemente la movilidad social intergeneracional y señala que el origen familiar sigue teniendo una relación importante con los resultados educativos y económicos. En otras palabras, el lugar desde el que partimos sigue condicionando, en buena medida, hasta dónde podemos llegar.

En Cataluña, la propia OCDE señala que persisten desigualdades socioeconómicas importantes dentro del sistema educativo. Esto nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: si la educación debería ser uno de los principales mecanismos para reducir el peso de la cuna, ¿qué ocurre cuando las oportunidades educativas también están condicionadas por el origen social?

Quizá el problema no sea solamente quién llega a la universidad de élite.

Quizá deberíamos preguntarnos quién ni siquiera ha tenido la oportunidad de intentar llegar.

Y aquí aparece otra cuestión que me interesa especialmente: el talento oculto. Personas que pueden desarrollar capacidades extraordinarias por su esfuerzo, su intelecto, su creatividad, su capacidad de aprendizaje o por cualquier otra característica, pero que quizá nunca tengan acceso a las oportunidades necesarias para demostrarlo.

Si solo medimos a quienes llegan a la meta, podemos terminar confundiendo talento con oportunidad.

Volviendo al tema, por eso el papel de padres, maestros, entrenadores y directivos es regular la presión; no es necesario que se apriete más.

Entendemos que la necesidad de rendir es importante para una empresa, un colegio o para cualquier organización sometida a escrutinio público, pero los directivos también deberían saber gestionar esa presión y bajar el pie del acelerador. El contexto y la realidad ya definirán el entorno de presión al que se va a someter el alumno o el trabajador. Son conscientes, mucho más de lo que pensamos, de qué está en juego y de qué se espera de ellos en situaciones de presión.

Por eso es importante saber parar, darse pausas para recuperar tanto el cuerpo como la mente del esfuerzo. Entender que no todos los pasos han de ser hacia adelante y que, en ocasiones, lo mejor es no dar pasos, sino desconectar, hacer una pausa y retomar más adelante o pivotar.

Si estás viviendo una situación en la que la presión empieza a superar tu capacidad para gestionarla, o si eres padre, profesor, entrenador o directivo y quieres aprender a regular mejor la presión de las personas que tienes a tu alrededor, pedir ayuda también forma parte del proceso.

Yo trabajo estas situaciones desde la psicología, el rendimiento y el entrenamiento a través del método Ona Mind, porque gestionar la presión no debería consistir únicamente en aguantar más, sino en aprender a entender qué nos está pasando y encontrar mejores maneras de afrontarlo.

Y si lo que buscas es trabajar específicamente la gestión de la presión desde el coaching, puedes hacerlo con Núria Fonts a través de Play the Mind.

Si quieres hablar conmigo sobre tu situación, puedes contactar conmigo.

Porque a veces no necesitamos apretar más. Necesitamos aprender a gestionar mejor lo que ya tenemos encima.